Mascotas y la pluma de Eduardo Galeano

 

Leo

Ricardo Marchini sintió que la hora de la verdad era llegada. –Vamos, Leo –dijo–. Tenemos que hablar. Y se marcharon, calle arriba, los dos. Anduvieron un buen rato por el barrio de Saavedra, dando vueltas, en silencio. Leonardo se atrasaba mucho, como tenía costumbre; y después apuraba el paso para alcanzar a Ricardo, que caminaba con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido. Al llegar a la plaza, Ricardo se sentó. Tragó saliva. Apretó la cara de Leonardo entre las manos y, mirándolo a los ojos, largó el chorro: –Mira Leo perdona que te lo diga pero vos no sos hijo de papá y mamá y es mejor que lo sepas Leo que a vos te recogieron de la calle. Suspiró hondo. –Tenía que decírtelo, Leo. Leonardo había sido encontrado en la basura, cuando estaba recién nacido, pero Ricardo prefirió ahorrarle esos detalles. Entonces, regresaron a casa. Ricardo iba silbando. Leonardo se detenía al pie de sus árboles preferidos, saludaba a los vecinos meneando el rabo y ladraba a la sombra fugitiva de algún gato. Los vecinos lo querían porque él era marrón y blanco, como el Platense, el club de fútbol del barrio, que casi nunca ganaba.

 

Lord Chichester

En una playa de estacionamiento de las muchas que hay en Buenos Aires, Raquel lo escuchó llorar. Alguien lo había arrojado entre los autos. Se incorporó a la casa, se llamó Lord Chichester. Tenía poco tiempo de nacido y ya era desteñido y cabezón. Quedó tuerto después, cuando creció y se batió en duelo de amor por la gata Milonga. Una noche, cuando Raquel y Juan Amaral estaban sumergidos en la más profunda de las dormidumbres, unos feroces chillidos los hicieron saltar de la cama. Chillaba Lord Chichester como si lo estuvieran desollando. Cosa rara, porque él era feo pero callado. Algo le duele mucho –dijo Juan. Siguiendo los chillidos, llegaron al fondo del corredor. Raquel aguzó el oído, y opinó: –Nos está avisando que hay una gotera. Deambularon por la antigua casona, hasta que ubicaron el clip–clop de la gotera en el baño. –Ese caño siempre perdió –dijo Juan. –Se va a inundar–temió Raquel. Y discutieron, que sí, que no, hasta que Juan miró el reloj, casi las cinco de la mañana, y bostezando suplicó: –Vamos a dormir. Y sentenció: –Lord Chichester está loco de remate. Ya estaban por entrar al dormitorio, perseguidos por los chillidos del gato, cuando el techo, viejo y agrietado, se desplomó sobre la cama.

 

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