Lo invito a debatir, lo invito a conocer la historia Argentina

 

Buenos días, tardes o noches. Es lo que le diría a usted y a ese par de ojos cómplices si me honra la gracia de la lectura de estas letras.

Escribo con el propósito de invitarlo a discutir, si, a discutir. A desafiarlo a usted y que me desafíe, a que podemos desacoplar esos cubos rígidos y obsoletos que están insertados en nuestra rígida estructura mental y su posicionamiento sobre nuestra realidad histórica, política, social y cultural argentina.

Lo invito a que podamos enfrentar posiciones, intercambiar opiniones y realidades. A que podamos debatir sin confundirnos con el acto de pelear, tan sordo y vacío.

Quiero contar con usted para construir un espacio de intercambio y enriquecimiento mutuo.

Donde no nos peleemos por querer imponer una verdad, un trozo de discurso.

Que la Búsqueda de certeza nos enseñe que esta no existe.

Escribo estas líneas motivado por el sentimiento y sensación de que nos debemos este café, yo, usted, todos. Nosotros los argentinos.

¿Es casualidad que no podamos tocar ciertas temáticas que rozan una expresión de tabú en una conversación? "De religión y política no se habla".

¿Cómo que no se habla? Vamos a discutir, vamos a construir instancias para hacerlo. ¿Dónde se construye un tejido social que no cuestiona sus premisas que vocifera como verdad? Es algo que sin respuesta me cuestiono.

Construyamos ese espacio que nos haga crear cosas diferentes, que nuestra realidad diaria no sea un espiral sin fin donde repetimos, repetimos y repetimos hechos, discursos, crisis, pensamientos.

Seamos artistas activos de eso que nos involucra a todos.

Vamos, vamos a discutir de eso que nos convierte en argentinos, en patológicamente argentinos.

Vamos, tenemos que superar nuestro proceso adolescente como nación.

Vamos, superemos nuestra propia idea de lo que nos representamos como ser-argentinos.  

Toda estructura que muta, que se transforma, adquiere y deja algo en su proceso.

Adquirir mediante un trabajo que implica desgaste de energía.

Y dejar mediante un acto de superación, creación, desprendimiento y dolor.

Aquel dolor como el que debe atravesar un adolescente al desprenderse de su infinita niñez y adentrarse en la real mundo adulto.

Permítaseme hacer estos paralelismos psicólogos. Permítame usarlos para expresar este sentimiento que poseo sobre nuestra realidad.

Nosotros como país, somos como aquel niño que debe adentrarse en aquel proceso por el cual debe convertirse en mayor.

¿No nos quedamos atrapados en ese narcisismo evolutivo de nuestra niñez como nación?

Manifestando ese sentimiento de ser únicos, de ser reconocidos, de ser especiales. Igual, muy similar al que atraviesa un niño.

Nosotros, dirigiendo nuestra mirada hacia afuera, hacia un mundo que creemos que está pendiente  de nuestro proceder, buscando aprobación. Si, igual que un niño. 

Construimos en nuestro imaginario colectivo la idea de que argentina es central en esta gran familia que son los países que integran la política mundial.

Miramos a Europa, nuestra madre patria, anhelamos ser como ella. Le demostramos en cada acción a ella y al mundo, de que nos parecemos a ella, sostenemos nuestra creencia de que somos similares, y que ella y el mundo es indispensable para planear los lineamientos mundiales.

Y desde las contingencias que determinan mi posicionamiento, creo que nada más alejado de la realidad.

Somos como aquel niño, sí, que tiene que superar su creencia sobre la especialidad de su existencia, que progresivamente lo hace despojarse de sus cuotas de egocentrismo. Creemos que alguien está pendiente del proceder de nuestra nación día a día.

¿Alguien está pendiente realmente? O solo somos síntoma continuo a nuestro miedo a descorrer el velo.

Vamos, que mirar siempre hacia afuera ya nos ha dejado vacíos.

Cerremos filas sobre nosotros mismos, sobre nuestros conflictos, sobre nuestra construcción como nación. Cerrémonos a ese proceso de crecimiento. Valorémonos.

Que valorarnos no implique sentimientos de superioridad sobre otros. Que cerrarse no significa aislarse ni perder contacto con los demás. Vinculémonos con nosotros mismos y los demás desde otro posicionamiento, desde otro lugar donde somos conscientes de nuestra propia contingencia con humildad.

Lo invito a que al igual que un adolescente al momento de dejar su seno materno, debe cuestionar se su proyecto de vida, nos cuestionemos quienes fuimos, somos y queremos ser. Vamos a construir un país.

Vamos a discutir. Vamos a realizar una crítica constructiva y desempolvar nuestras ideas que están en el fondo de la baulera.

Yo no quiero tener miedo. Quiero saber. Preguntar. Conocer. Quiero que podamos construir ideas lo más objetivas posibles de lo que nos hace ser argentinos.

Que golpe civil militar no me de miedo mencionar. Que decir peronismo no sea prescriptivo. Que decir Malvinas no sea tabú. Que decir atentados no suene a olvido. Que decir guerra civil no sea pecado. Que querer saber la historia argentina, no me catapulte a tener que limitarme a un posicionamiento radical. Quiero preguntar. Quiero cuestionarme. Las cosas ¿son como nos contaron? ¿Puedo animarme a preguntar?

Quiero preguntar... porque donde hay certezas... no está la verdad.

Lo invito, construyamos espacios de debate.

Por Nicolás Rosacher

 

Dejanos tu comentario

 

También te puede Interesar