Héroe: un cuento de Fernando Carpena

 

Héroe (Por Fernando Carpena)
 
Quiero ser un superhéroe, pero soy un oso. Un oso naranja, de felpa, con un ojo que se despega cada tanto y que Mamá Laura se ocupa de pegar y una rajadura en la tela que me la arreglaron con hilo de otro color.

Quiero ser un superhéroe, como el del estante de arriba, con su capa azul y su sonrisa, con una ceja levantada y la otra no, de plástico y articulado. A veces, Joaco lo agarra y lo hace luchar contra los malos y lo hace ganar, porque el héroe sabe dar buenas patadas y hace de todo sin que se le baje la ceja. Pero a la noche, el superhéroe vuelve al estante (siempre es Mamá Laura la que lo pone) porque el plástico es duro y frío y no sirve para abrazar y dormir. Ahí gano yo siempre. No es un trabajo fácil. Lo cuido hasta que se duerme y después me quedo con un ojo abierto (el que se me despega no, a ver si se me cae otra vez), para vigilar que las pesadillas no se animen a subirse al acolchado. Soy bueno en eso. Cuando me ven, se van. Porque soy un oso y los osos tenemos dientes y garras y podemos rugir fuerte y pararnos en dos patas y dar miedo. Las arañas de los sueños malos tiemblan cuando me escuchan y las serpientes de humo de noche que hacen que los chicos se hagan pis en la cama se retuercen del susto.

Pero igual quiero ser un superhéroe porque al tío de Joaco no le puedo ganar. Él tiene más fuerza y yo no tengo ninguna ceja levantada. No siempre viene (cuando lo hace, es porque los papás de Joaco quieren ir al cine o a lugares dónde les preparan la comida) pero cuando llega, me tira al piso y me ocupa el espacio en el colchón. ¡Mi espacio! A Joaco no le gusta que venga, pero no dice nada porque el tío le regala chocolate y le cuenta secretos. Y cuando se va, Joaco llora y después se duerme con saltos y esa noche, por más que me esfuerzo y muestro todos los dientes y todas las uñas, las arañas y las serpientes pasan como si yo no existiera.

Quiero ser un superhéroe. En serio. Pero quiero ser uno mejor que el bobo ese de la repisa, que no mueve un dedo cuando viene el tío. Y eso que desde ahí puede ver todo. Yo, desde el suelo, no veo nada y encima, más de una vez el tío me tira el pantalón o la camisa en la cara, se me hace de noche y me pongo triste a puro sonido.

Pero, un día, Joaco me agarra y nos vamos con mamá Laura y Papá Arturo a pasear. Visitamos a una señora que trata muy bien a Joaco y también me trata muy bien a mí. Lo hace dibujar y jugar pero cuando le pregunta por el tío, Joaco se calla la boca. Pregúnteme a mí, señora, pregúnteme a mí que yo le puedo contar todo. Pero no me pregunta porque no soy un superhéroe. A los superhéroes la gente les pregunta cómo están, y le dicen muchas gracias, porque los héroes salvan a las personas y eso ya sirve para que les hagan muchas preguntas.

Vamos varias veces más. A mí me gusta ese paseo. La señora siempre sonríe. A veces, me sostiene y me hace hacer voces tontas. Eso es medio como una falta de respeto porque los osos no hablamos así pero cuando veo que Joaco se ríe, me parece que vale la pena y la dejo que me ponga ese tono ridículo en la voz.

Una de las últimas veces que fuimos, la señora me puso entre las manos de Joaco y le pidió que me hiciera lo que Tío le hace a él. No me gustó nada nada nada lo que me hizo Joaco. Esas cosas no se hacen, por más chocolate que me des al final.

Cuando volvemos a casa ese día, Joaco se va con el papá a comprar pizza y mamá Laura entra a acomodar las almohadas pero le dura poco, porque se sienta y llora y dice esas palabras que no se dicen y golpea el colchón y a mí me dan ganas de consolarla, porque ella es buena y me lava con suavizante y me pega el ojo cuando se me sale.

Entonces, mamá Laura hace algo que nunca hace. Me levanta, me mira y me abraza y me dice que gracias, que muchas gracias, que salvé a Joaco, sí, que yo salvé a Joaco y dice más cosas que solo se dicen cuando uno llora y golpea colchones.

Y como siente ruido en la puerta, me deja sobre la almohada, me saca una pelusa que tengo en el hombro y se va y yo digo mirá vos, qué locura, que al final no hacía falta levantar la ceja ni ponerse una capa azul. Con ser un oso y tener los ojos bien pegados, alcanzaba. Qué suerte.

 

Un cuento de Fernando Carpena

 

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