Un niño de 4 años muere en su propia casa, con su madre adentro

 

Un niño de 4 años muere en su propia casa, con su madre adentro. ¿Es esto un atentado contra nosotros mismos?

El pequeño niño yace en la cama, la tragedia ha ocurrido y sea cual sea su causa, ya prácticamente secundaria, hay algo roto en el sistema de convivencia social en el cual nos encontramos.

La noticia recorre los diarios, un niño de 4 años fue encontrado muerto, aparentemente asfixiado, pero resta esperar los resultados forenses para determinar con precisión la causa. En la casa, su madre de 38 años llama a su psiquiatra y él se comunica con el 911. Ahora la mujer se encuentra internada en las instalaciones de sanidad mental con custodia de personal penitenciario. Lo demás, es parte de una investigación que profesionales deberán llevar a cabo.

Pero, ¿qué es lo que se rompe en la sociedad cada vez que un suceso de este tipo sucede? La especie humana goza de una inteligencia que muchas veces resulta un arma de doble filo. El amor entre los consanguíneos se naturaliza y se entiende como una forma de preservación entre los mismos. Pero la violencia, es un flagelo que existe desde los comienzos, primero como herramienta de supervivencia y hoy, no se alcanza a entender del todo para qué.

Es un niño muerto y lejos de pretender hacer catarsis por el tremendo hecho, la realidad es que nos estamos matando entre todos, sin importar el sexo ni la edad. La violencia no es solo un reflejo de la inseguridad, del hambre, de las derrotas sociales e injusticias cotidianas, es también la consecuencia de un canibalismo sistemático que no se soluciona con cárceles ni policías. ¿Cómo puede el sistema evitar que un chico de 4 años sea asfixiado en la casa donde se encuentra su madre? ¿Cómo puede el sistema, evitar que un hombre mate a una mujer con quien comparte la cama?

Algunos dirán que luego de la nueva ley de Sanidad Mental aprobada en 2010 por el congreso, se descuidó el control sobre las personas que, podemos llamar sin mal ánimo, no se encuentran aptas para convivir con los demás por determinadas razones mentales de peligrosidad. Pues un asistente social puede, de igual manera que un psiquiatra, dar el alta a un paciente en determinadas situaciones.

Resultaría básico cerrarse a una sola razón. Hay femicidios, hay asesinatos a sangre fría, abuelos asesinados por la changa, hay violencia, mucha violencia y se supone que el Estado es la institución que debe, en mayor medida, controlar este peligro latente. Pero la violencia está instaurada en todos nosotros. Hay que empezar a erradicarla en la casa.

El sistema penitenciario lejos está de ser bien visto como un lugar para reinsertar socialmente a un preso, pues viven en un mundo de violencia mucho más profundo que en la libertad. La Argentina está sobrada de leyes, es una de las que más tiene en el mundo, pero eso no garantiza la eficiencia de cada una de ellas, o incluso peor, la correcta interpretación y uso de las mismas. Hay un nefasto recuerdo latente y es que la violencia de Estado, no genera otra cosa más que violencia en fin. Entonces ¿cuál es el camino que queda para calmar al león hambriento en el que vivimos?

Es un debate que debería abordarse con seriedad, con tiempo, con profesionalismo. Es un debate que debería darse más allá de los micrófonos y televisores. Es una obligación política desde lo institucional y una obligación humana desde la familia. Y es también una obligación moral para los medios, que debemos entender que deben abordarse estos temas, para generar conciencia y no comercio, de lo grave que resulta, básicamente, que nos estemos matando entre nosotros día tras día. 

No importa el club del cual es usted hincha, ni qué partido político sigue, no interesa si le gustan las mujeres o los hombres o si quiere trabajar en un banco o en el banco de la plaza. Lo que verdaderamente importa, es que todos nosotros podamos hacer lo que deseamos hacer, sin correr el riesgo de morir en el intento, tan solo por el hecho de formar parte, de una sociedad.

Martín Falcone

Martín Falcone, 28 años, director editorial de Ojos de Café.

 

 

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