Santiago Lange, un dorado sin espinas en el alma y con un corazón indestructible

 

Si a los que están afuera, sobre la playa de Flamengo, saltando, cantando y llorando, se les está por salir el corazón del pecho, cabe preguntarse: ¿cuántos latidos por minutos resiste Santiago Lange en este momento de su vida? Acaba de cambiar su expresión por completo: del no saber si se quedó fuera del podio a la confirmación de que concretó un sueño largamente esperado. Emoción sublime, conmovedora, dentro de un año cuya reconstrucción es apta para un guión de película. Desde aquella negación al diagnóstico de cáncer de pulmón para un tipo sano, atlético, que no toma ni fuma, pasando por el ingreso en el quirófano en el día de su cumpleaños N° 54 (22 de septiembre), hasta la recuperación vertiginosa con un solo objetivo: quitarse la espina que lo perseguía desde Atenas 2004-Pekín 2008. "Si estoy acá es por mis hijos. Ellos fueron el empuje para que yo llegara a Río", reconoció unos días antes de los Juegos, en una extensa charla con LA NACION. Justamente Yago (28 años) y Klaus (21), dos de sus cuatro hijos, los que compiten en la clase 49er, no aguantaron y llegaron nadando hasta la embarcación que su padre compartió con la rosarina Cecilia Carranza Saroli en la Clase Nacra 17. Fue la conclusión de una historia altamente emotiva, con el premio para un luchador, una personalidad respetadísima en el yachting, y que ayer mismo provocó la alegría no sólo de los argentinos: es que Lange es sinónimo de vela.

Con 54 años, y en apenas una temporada, Lange ganó todas las batallas y se regaló las más grandes emociones. Volvió a competir, se reencontró con los mellizos Theo y Borja (25), que vinieron desde Barcelona para pedalear con él en la rehabilitación y fueron el combustible que necesitaba para encarar la misión más compleja y contrarreloj que recuerde. Cumplió otro de sus grandes deseos: entrar con Yago y Klaus en el Maracaná, desfilar y ver encender el pebetero junto con ellos. "Estuve puchereando toda esa noche y el día siguiente también. No me lo olvido más", confesó. Y lo remató con la medalla dorada que se le había escapado en dos oportunidades junto con Camau Espínola en la Clase Tornado; haciendo podio en ambas ocasiones (bronce), pero sin satisfacer su anhelo.

Hoy Lange ya no tiene cuentas pendientes. Ni con él ni con su carrera. Apostó a participar en una categoría nueva, mixta, lo cual constituía un desafío para él y también para Carranza Saroli. Fueron subcampeones mundiales y cuando Lange, un meticuloso arquitecto naval y constructor de tácticas y estrategias sobre el agua, apuntó a Río 2016, no lo dudó: "Nos instalamos 8 meses allá. Tenemos que conocer cada metro de la bahía". Y se vinieron en noviembre-diciembre. Días, tardes y noches sobre el agua. Los demás regatistas se iban de descanso dos o tres semanas. Ellos seguían en la bahía, anclados en el barrio La Urca. Mirando atardeceres arriba de la embarcación y pensando en grande. Apenas si se tomó, poco antes de la competencia, tres días de descanso en Buzios. "Para salir a correr, distenderme y pensar mucho en todas las acciones de regata, las rutas, las tácticas. Necesitaba tener la cabeza clara", contó. El mismo Lange que todos admiran por su capacidad de trabajo, por su rigurosidad. Sin dejar de lado las cosas sencillas de la vida. Como el lunes por la noche, un día antes de la Medal Race más importante de su carrera, cuando se acercó a la playa para. lavar la embarcación 49er de Yago y Klaus. "Me dicen que debería estar concentrado para la final, pero yo así. Siempre ayudé a mis hijos. ¿Vos no lo harías por los tuyos?".

Lange nunca había llegado a la Medal Race en condición de líder. Las veces anteriores que peleó el oro estaba dentro de los aspirantes al título, pero no encabezando la flota. Le llevaban 5 puntos de ventaja a la pareja italiana, 7 a la austríaca y 9 a la australiana. Tensión en la largada. Son apenas 20 minutos y se define todo. Un comienzo adverso: en la primera manga el bote argentino fue penalizado por una situación dudosa con los británicos y austríacos. "Fue una sanción equivocada", dijo Lange. La penalidad en esos casos es un 360°, es decir, un giro que deben hacer para anular la amarilla, donde se pierden terreno y velocidad. Eran en total cuatro marcas las que debían superar para luego cruzar la meta. Lange y Carranza Saroli quedaron últimos, a 30 segundos, pero ya al llegar a la 2a marca habían ganado varios puestos: 6os. La capacidad de Lange en esto es crucial, mientras la rosarina le ponía músculo a las decisiones: el timonel conoce los vientos de memoria y es uno de los que mejor lee la cancha. Así como unos van por una línea, Lange es capaz de ir por otro sector y despues retomar antes del giro en la marca. Al entrar en la 3a casi chocan con los austríacos, que protestaron. Volvieron a ser penalizados con otro 360° en plena recta final. Saltaron del 3° al 6° lugar y así cruzaron la meta. Por eso los rostros serios. Lange le preguntó a Carranza cómo habían salido, y la rosarina le balbuceó: "Creo que plateada". La espina seguía clavada. Hasta que de un gomón que se aproximaba le gritaron "oro, oro". Con 77 puntos contra 78 de los australianos. Y Lange explotó de felicidad. No cabía en su cuerpo. Abrazado a Carranza, vio llegar a nado sus chicos. ¡Qué más podía pedirle a la vida!

Había más. El Himno, esa bandera arriba, más lágrimas y un nuevo abrazo con sus chicos, pero ya con la medalla dorada sobre el pecho. Y la felicidad por tener a su madre Ana, a los 86, junto con él. A Santiago no le gusta mucho que hablen sobre la enfermedad, pero como le hizo ver un amigo y colaborador, que si su experiencia sirve como ejemplo para que muchos otros nunca dejen de pelear y de soñar, bienvenido sea. Es incapaz de ponerse como ejemplo de nada. Ni siquiera cree que sea "el Sr. yachting de la Argentina". Quizá también ignore que Ceci Carranza vive al borde de las lágrimas cada vez que escucha decir "Santi", tal su devoción y respeto. Sobre el agua, Lange es un crack y es leyenda. Debajo del bote, un optimista por naturaleza que hasta se propone ver si llega a Tokio 2020 si "físicamente se siente bien". Ya sin espinas y con un corazón indestructible.

 

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