Djokovic cumplió su sueño en París

 

Roland Garros ya no es una cuenta pendiente para el serbio Novak Djokovic. El número uno del mundo venció en la gran final al escocés  Andy Murray por 3-6, 6-1, 6-2 y 6-4 y anotó su nombre en el cuadro de honor del Grand Slam parisino, el único que el serbio no había podido ganar en sus once presentaciones anteriores (había sido 4 veces semifinalista y 3 finalista). Este fue el 65º título para Nole y el 12º de Grand Slam. Ya había ganado 6 veces en Australia (2008, 2011, 2012, 2013, 2015 y 2016), 3 en Wimbledon (2011, 2014 y 2015) y 2 en el US Open (2011 y 2015).

Djokovic salió con todo y en el primer game rompió el saque de Murray en cero. Pero en el segundo juego el británico pagó con la misma moneda. Lo puso contra las cuerdas con el 0-40, y en la tercera oportunidad niveló el marcador con drop y un globo perfecto. Se mantuvo enfocado el británico, se hizo fuerte con su servicio y aprovechó los errores no forzados del serbio para volver a quebrar su servicio y tomar una interesante diferencia de 4-1.

Con mucho esfuerzo, y a pesar de sus errores con la derecha, Djokovic pudo finalmente en el sexto game ganar un game con su saque. Y aunque en el game siguiente exigió al máximo a su rival, no le alcanzó para hacerle daño en el marcador. Fue set del británico por 6-3, y desde París llegaba un dato que significaba una buena señal para el número dos del mundo: Murray no perdió nunca en Roland Garros cuando ganó el primer set y tiene récord de 26-0.

Fue golpear Murray y echarse encima de él, a mamporrazos y puntapiés. Desgajó al de Dunblane en el segundo (36') y tercer parcial (46'), y apretó los dientes en el definitivo, el cuarto, cuando encontró resistencia en los últimos juegos. Se revolvió el escocés, pero se marchó de vacío de su primera final en la Chatrier. La hoja de servicio de ambos refleja la fabulosa estrategia defensiva del balcánico, que solo entregó tres bolas de break en las 10 posibilidades de Murray, y su mordiente a la hora de atacar, con 41 golpes ganadores, por los 23 de su rival. Djokovic, está claro, está hecho de otra pasta. Sus detractores dirán que ganó en París sin Federer ni Nadal (lesionados) de por medio; sin embargo, este último éxito no admite peros.

Coleccionó un nuevo honor, al batir su propio registro de puntos (16.950) en elranking, y conquistó un territorio que otros grandísimos jugadores no fueron capaces de tomar. Acabó, como la mayoría, rebozado en la tierra, abrazado por papá y mamá Djokovic, por sus técnicos –Boris Becker y Marian Vajda– y su fisioterapeuta –Milan Amanovic–, el núcleo duro del serbio. Fino como una espingarda –de la dieta sin gluten ha pasado directamente a ser un pescatarian, abandonando la carne–, esta edición ha ido en fila recta hacia la Copa de los Mosqueteros. También en la final, aupado por el “¡Nole, Nole!” constante de la grada, poblada de muchas más banderas serbias que de algún que otro aderezo británico. Ayer hubo historia en París y se cerró el círculo de Nole. Sí, Djokovic ya es un inmortal.

 

 

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