¿Qué buscamos en una góndola?

 

Técnicamente podríamos asegurar que quien logre darle respuesta a esta pregunta y tenga la capacidad de plasmarla en un packagin lograría exceder ampliamente el punto de equilibrio que su empresa le necesita.

Hoy las góndolas de las vinotecas nos ofrecen un sin fin de botellas, que en su gran mayoría guarda productos de excelente nivel. Es por ello que quienes tienen la creatividad suficiente para llamar la atención de la porción más grande del público consumidor lideran el mercado.

El punto es que el escenario comercial enológico es (felizmente) muy heterogéneo. Encontramos ofertas de vinos espumantes, tranquilos y dulces; en sus versiones blanco, tinto, rosado y hasta en algunos casos los llamados “blanc de noir”. Desde la perspectiva de los consumidores tenemos la suerte de asistir a una segmentación difusa dentro del campo etario y de género.

Personalmente, cuando me encuentro frente a una góndola me siento muy atraída por etiquetas con formatos ajenos a los tradicionales cuadrados o rectángulos o que dentro de estos formatos más conservadores presentan iconos o términos innovadores. Una vez que alguno de estos aspectos logró que focalice mi difusa atención, sin lugar a dudas mi siguiente punto será enológico.

Puesta a elegir entre un varietal tradicional y otro poco común siempre me inclinaré hacia el segundo; pero cuando la etiqueta me advierte que el enólogo tuvo la posibilidad de dejar salir a jugar su imaginación con los varietales que duermen en su bodega o que el producto es fruto de un choque entre las zonas que nuestra tierra nos regala, entonces esas serán mis compras más felices.

¿Qué buscamos en un góndola? Probablemente un estudio de mercado podría regalarnos información sobre qué es lo más vendido; pero estoy convencida de que los consumidores somos tan variados y tan divertidamente inquietos, que ese interrogante no tendrá nunca una respuesta concreta. Mejor aún creo que si encontráramos tal respuesta, no sería permanente.

Este dinamismo del mercado debería alegrarnos en nuestra condición de enólogos, ya que nos da la posibilidad de reflejar el resultado que el trabajo en el campo y nuestro loco clima -sobre todo en los últimos tres años- nos regalan; además del hecho de que contamos con un colorido abanico de suelos que nos permite jugar con un gran número de varietales.

Por otro lado estimo que también los diseñadores de etiquetas deben divertirse mucho, esos grandes intérpretes que actúan como nexo imprescindible entre las manos que tornean un producto y las que lo rescatan de una góndola.

Es fantástico que se haya llegado al punto de que quienes forman parte de la industria se animen a compartir y transmitir sus preferencias técnicas y un pedacito de su intimidad contándonos sobre sus gustos musicales o hasta un comic que le recuerda su infancia. Al mismo tiempo que es genial que el consumidor reclame cada vez más información, a la hora de definir sus preferencias.

Transitamos la era de las comunicaciones, tenemos la posibilidad de valernos de transgresores diseñadores para entendernos con cada persona que puede ver, tocar y hasta escanear nuestras etiquetas.

Aprovechemos, como miembros de la industria, la oportunidad de abrir el mágico mundo que nos regala la vitivinicultura, integrando un jugador más a nuestro equipo.

Animémonos, como consumidores, a responder el interrogante planteado, buscando en la góndola la creatividad capaz de expresar la cadena productiva.

Paula Latorre

Paula Latorre, Lic. en Enología, 25 años, trabajo en Arpex Argentina y me divierto en la La Finquita 1920, emprendimiento de garage. Me gusta entender la enología como una profesión que me permite trabajar jugando y aprender de la gente.

 

 

Dejanos tu comentario

 

También te puede Interesar