El lado oscuro del vino

 

Son muchas las personas que emprenden un viaje en búsqueda de nuevas experiencias y sensaciones, nuevos sabores, culturas, imágenes que los movilicen.

Hace un mes emprendí una aventura que me trajo hasta España, la tierra que me dio a mis abuelos.

¿Motivos? Muchos, pero el más firme sin duda era volver a vivir vendimia, o verema, como se dice en mallorquin.

Necesitaba reencontrarme con ese extraño placer de comenzar un día de trabajo a las 8 am, para terminarlo quizás a las 11pm. Y repetirlo incansablemente, hasta que el ultimo grano de uva se haya convertido en vino.

Quería volver a vivir esa loca propulsión que solo sentimos quienes nos dedicamos al vino, cuando nos despertamos agotados, pero con una sonrisa, sabiendo que nos espera otro largo día de trabajo físico y mental.

Pero claramente ese no era el único móvil de mi decisión. También me entusiasmaba la idea de conocer Mallorca, esta isla que esconde tesoros naturales y culturales en cada rincón de sus calles y sus playas.

Por estos motivos entre otros, me embarqué junto a mi hermana Jimena, con destino a Mallorca. Ya que si bien a ella no le interesa el trabajo en bodega es una gran aficionada a la industria.

Al llegar a Consell, el pueblo en el que Jimena “me dejaría acomodada”. Belén nos recibió cálidamente, justo frente a Bodega Ribas. Su lugar de trabajo, que temporalmente compartiría conmigo.

Claro que nuestro primer destino fue esta bodega del año 1711. El contraste de la construcción en piedra con la actualidad de las instalaciones me pareció simplemente genial, al igual que la calidad de los vinos que duermen en su interior.

Irónicamente una remera que colgaba en la sala de visitas llamo particularmente mi atención. Haciendo alusión a la mítica imagen del álbum conceptual de Pink Floyd “The dark side of the moon”, sobre fondo negro un rayo de luz blanca atraviesa una copa de vino, para convertirse en un haz de luz de colores, llevando la inscripción “The dark side of the wine”.

En realidad, no sé qué inspiró realmente al diseñador, tal vez sólo sea fanático de Pink Floyd. Pero la frase me llevó a pensar en las dos caras de nuestro amigo.

Se ha creado del vino una bebida de culto, porque sin lugar a dudas algo que se logra con tanto esfuerzo coordinado no merece otra cosa que un lugar de privilegio entre nosotros.

Pero tal vez a consecuencia de esta “campaña de reconocimiento”, o como herramienta para llegar a colocarlo en el nivel de consideración que merece, logramos también que aquel producto se vincule mayoritariamente a eventos sofisticados, tomándose como un elemento de distinción social.

Por mi parte creo que, si bien estas consecuencias son económicamente positivas para la industria. No debemos olvidar que el vino tiene más que ver con ropas “mosteadas”, manos ajadas y teñidas de rojo, espaldas doloridas y cabezas cansadas; que con vestidos de etiqueta. Una copa de vino está más ligada con bronceados mal logrados, que dejan remeras dibujadas en nuestro cuerpo, que con el bonito color que podamos obtener en una cama solar.

Muchas veces, cuando se compra una botella del orden de los 1000 pesos se tiende a priorizar la impresión que va a generar en las personas ante quienes lo ostentaremos, en lugar de los años que costó a los trabajadores que participaron de su elaboración.

Me gustaría que cuando la gente decide la compra de un vino, aceptando muchas veces costos elevados, valorara más la tradición de familias que llevan generaciones transmitiendo el oficio, que el status que les otorgará el peso del vidrio de la botella que contiene aquella bebida cargada de compañerismo, cultura y ansias de superación personal y profesional.

Claro que no deja de ser divertido que el vino, como tantas otras cosas, tenga caras opuestas. Esto nos desafía a encontrar los puntos en el que necesariamente ellas convergen.

Algo así como encontrar un bodeguero mosteado, comiendo pizza en el piso, con sus trabajadores, un viernes por la noche.

Paula Latorre

Paula Latorre, Lic. en Enología, 25 años, trabajo en Arpex Argentina y me divierto en la La Finquita 1920, emprendimiento de garage. Me gusta entender la enología como una profesión que me permite trabajar jugando y aprender de la gente.

 

 

Dejanos tu comentario

 

También te puede Interesar