Prometer más de la cuenta, es una mala inversión

 

El año 2019 trae consigo elecciones en la Argentina, siendo el cuarto año en el que ocupa la presidencia Mauricio Macri, al menos hasta el 9 de diciembre. Lejos de hacer apología partidaria y mucho menos intentar ubicar esta nota de opinión como una crítica calificada, ya que muy lejos está de serlo, es sano recordar que vivimos en una nación inundada de promesas que no se cumplen.

La inflación nos jode a todos. Es demostrable que afecta mucho más a sectores “económicamente vulnerables”, pero en la Argentina se ha convertido en una especie de viejo de la bolsa, ese que te lleva y te fuiste nomás.

No hace falta entrar en comparaciones partidarias de a quien le fue peor, si al kirchnerismo o a Cambiemos, pero si hace falta mencionar que llega a ser algo triste que Macri haya dicho que era una de las cosas más simples que tenía para hacer y evidentemente no hizo.

Es razonable pedir algún tipo de explicación si ante tanta facilidad y sobre todo con la liviandad que se habló de este tema, cómo es que no ha cambiado nada, por qué no ha cambiado nada. También se tornó razonable entender que ningún político pareciera resistir al archivo, pero esto fue un trampolín a la nada en el cual Macri solo se decidió a tirar. 

 

 

 

 

Fracasó, seguimos perdiendo contra la inflación. Así como Macri también dijo que el 99% por ciento de los países del mundo lo pudieron solucionar, Argentina no pudo, o en realidad no pudo el gobierno de turno, entendiéndose como actor con mayor responsabilidad para poder conseguir el objetivo.

¿Cómo puede ser complicado? Se preguntaba el presidente. Pero si vamos a los números evidentemente ha sido algo muy complicado y no tiene pinta de mejorar.

 

  • Inflación promedio Kirchnerismo: 20.4%
  • Inflación promedio CFK: 28.5%
  • Inflación promedio Cambiemos: 33.7%

 

Esos números se desprenden de información publicada por el IPC Congreso, a julio del 2018. Estos siete meses que han pasado creo que empeoran aún más el promedio. Digamos, perdió Macri.

Y digo digamos, porque tengo la sensación desde ya un tiempo atrás, que la política pura y exclusivamente partidaria ha deformado el verdadero significado de un gobierno y sus desaciertos. No es magia ni fabulación darse cuenta que muchas veces estos problemas socioeconómicos son festejos partidarios en silencio.

Es cierto, la inflación no es algo nuevo, no es la primera vez que la sufre nuestra sociedad. Pero hasta cuándo vamos a acostumbrarnos, porque parece que es una costumbre bien argentina saber que el peso no vale un peso. Y uno piensa, si tanta historia tiene la inflación en nuestras páginas... ¿Será culpa de los gobiernos? ¿Será cultural y para que dejemos de sufrir este impacto en la vida cotidiana hay que cambiar nosotros? ¿Será un negocio?

 

Pero mientras tanto la clase media sufre ajustes importantísimos, ni hablar la clase baja y menos aquellos que están sufriendo necesidades básicas permanentemente. Ya no queda un lugar que sea barato, ya casi no hay productos que sean baratos, nada es barato en la Argentina y ni hablar del ajuste tarifario.

 

 

Se menciona la inflación reprimida del kirchnerismo y la inflación libre. Éstas tienen sus diferentes análisis, sus puntos de vista y sus objeciones para cada lado. No estoy en condiciones de analizar estas cuestiones por falta de conocimiento, pero hay términos económicos que muchas veces afectan tanto la cotidianeidad, que quedarse sentados en una mesa a discutirlos termina siendo una pérdida de tiempo. Si la inflación se produce culpa de un gobierno que administra mal, como dijo el presidente Macri, entonces están administrando mal desde que asumieron.

Sincerarnos siempre resulta sano para cualquier relación humana. Como sociedad también beneficia y hace rato que no escuchamos un gobierno sincerarse con sus malas administraciones, malas decisiones o corruptas gestiones llevadas a cabo.

El diario El País publicó un ranking de inflación del año 2018. Más allá de las diferencias que pueda haber con otros rankings que midan la misma problemática, Argentina se encuentra un poquito mejor que Haití, obviamente buscando el podio hace rato, podio que se adueñó Venezuela por goleada.

Pero Haití tiene gran tasa de desempleo desde hace décadas, no tiene más que café, caña de azúcar y maíz, casi nulo acceso a internet, solo un poco más de la mitad de la población consigue agua potable, su índice de desarrollo humano es demoledor, nadie de afuera pone un peso, está totalmente deforestado  y encima, hace casi una década sufrió un terremoto que no dejó nada.

Argentina tiene todo, esto ya lo habrá hablado en alguna mesa de debate que suele armarse con amigos o familiares. Y no se arregla, la inflación no baja, no deja de ser tema de diarios y radios, no deja de perseguir la vida laboral de las personas. No alcanza con pedir sinceramiento por parte de los gobernantes de turno que tienen injerencia en todas estas decisiones o que tienen poder para torcer rumbos económicos. Alcanzará el día en que esa expresión de realidad traiga consigo una alternativa que pueda ser empírica al menos en el mediano plazo. Porque el hambre de hoy es hambre de mañana también.

Al principio de la nota de opinión expongo que no es una crítica calificada, sino más bien un planteo que cualquier ciudadano puede exponer.  Por tanto no espere una respuesta a la problemática. El miedo es si no la hay en ningún lado o cuán grande es el sacrificio que una nación debe hacer para solucionar el problema. Por ejemplo, Uruguay tuvo durante el año 1990 una inflación del 128.9%. Hoy, lleva una década con una inflación de un digito, siendo todo un hito para América Latina.

No va a venir alguien solo a controlar la inflación. Debe ser un grupo de personas, pero no como el mejor equipo económico de los últimos cincuenta años.

Y alguien que sea al menos el portavoz de un proceso de control sincero, no vestido de promesa sino más bien de todo lo contrario. Bah, quiero suponer que ese día, algún día llegará. 

No deberíamos seguir cosechando costumbres de eternas deficiencias estatales que nunca son arregladas por los nuevos que llegan y dicen que van a arreglar. 

Por el momento, lo que podemos y deberíamos coincidir es que prometer más de la cuenta, es una mala inversión.

 

Por Martín Falcone

 

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