El día que secuestraron al goleador

 

El “Rata”  trabaja en la única  carpintería del pueblo, su propietario es  don Manuel. Lleva tres años laburando en ella, es oficial ayudante. Es sin dudas un vago con suerte,  el laburo se lo consiguió su padre, don Manuel y su papa llevan una vida siendo amigos.

  En estos tiempos que corren, tener un trabajo es una bendición, pero a él mucho no le importa.  Al “Rata” nunca le intereso el trabajo de carpintero, mucho menos aprender el oficio. Está ahí porque nadie le rompe lo quinotos, y aparte  gana unos mangos extras.

  Lo que lo vuelve loco es el futbol, come y vive para él, sueña con ser el nueve de la selección. Es el nueve goleador, de “Juventud Unida” el club más importante de la ciudad.   Es importante, el mejor de todos, el equipo lo necesita como los tallarines al queso.

  Todos los sábados  don Manuel, le permite retirarse una hora antes de la carpintería,

de ese modo se aseguran, que llega sanito y fuerte para el partido.

  El viejo es cascarrabias y el crack un vago, se lo saca de encima una hora antes—esa es la verdad.

  — ¡Ándate ya es la hora!—. Le grita convencido, que lo está haciendo para cuidarlo…

  Es la figura del equipo, todos en del pueblo dicen que es un fenómeno, le pega con las dos piernas, va bien arriba y la aguanta como pocos. Es un nueve de área completo, tiene personalidad,  gol y presencia.

  Se ha hecho acreedor de  varios apodos…“El ángel del gol” es uno de ellos, “El rompe redes” otro o “El demonio del área”… Sin dudas es el máximo exponente del fulbo, así  lo consideran  los aficionados del glorioso “Juventud Unida”.

  Aquella mañana  en el trabajo, no se sentía muy bien, se lo veía  preocupado. Es que ese día, a las 16hs tenían un partido muy “chivo”.  No quiso comer casi, dejo la mitad  los fideos blancos, que le había hecho la vieja en el plato. 

  Dejó rápido la mesa, se clavó los auriculares, y a ritmo de un cuarteto interpretado por el Potro Rodrigo, comenzó a preparar el bolso.

  Primero puso las medias viejas, después los pantalones cortos, las vendas y por último las canilleras.

  Se colocó  un viejo y desteñido, buzo Adidas sobre los hombros, beso a su madre  y salió tranquilo para la esquina. Por ahí lo pasa a buscar, todos los días de partidos, el “Chocolate amargo”, le dicen así porque  es negro y feo. Como debe ser... es el marcador central del equipo, también es el capitán y su entrañable amigo.

  Acaba de salir de su casa, cuando un Fiat 125 negro con vidrios polarizados, clava los frenos frente a él. Se abren las puertas y bajan del auto, dos negros  feos y grandotes como mastodontes.  

  Se le vinieron encima, sin darle tiempo a reaccionar. El más grandote lo agarró del cuello y el otro, que era un poco más bajito, lo tomo de las piernas. Entre los dos lo levantaron del piso, como si fuera una pluma. Mientras lo llevaban en andas hacia el Fiat…

  — ¡Qué les pasa ¡ — Les grito tirando patadas al aire, como queriendo clavarla en el ángulo, de un arco imaginario…

  — ¡Cállate huevón vos te venís con nosotros, este partido no lo jugas!— Le respondió el grandote, mientras el bajito lo enterraba de cabeza dentro del 125…

  Faltaba  casi una hora para el comienzo del partido, y el estadio  estaba  repleto. No cabía ni un alfiler en las tribunas, que son bajitas eso es verdad.  Pero la gente a sabiendas de eso, igual no paraba de llegar. Las colas en las boleterías eran interminables, hacía años que el  “Depor” no despertaba tanta locura.

  Era lógica la situación, si esa tarde ganaban finalmente se prendían arriba. Todo el mundo sabía que si agarraban la punta, iba ser muy difícil bajarlos. La asociación del futbol, ha prohibido la entrada de los visitantes, por culpa de la violencia.

  Al ver las tribunas repletas, los directivos perdieron el miedo que los persiguió toda la semana, no estaban seguros de poder llenarla.

  La gente una vez más, y  como siempre había pasado respondió.  Algunos vecinos habían llevado sillones, y se ubicaron en el techo de los vestuarios.  

  Don julio bajo la cabeza, cerro la tapa del túnel  he inicio el camino de vuelta hacia el vestuario. Le dio por enésima vez una mirada al reloj, se mandó al vestuario resoplando, todo despeinado de tanto frotarse la cabeza. Siempre que estaba nervioso hacia lo mismo, los muchachos ya  lo sabían, lo cual no era una buena señal.

  Al entrar se encontró con ellos, lo esperaban sentados sobre la banca en silencio. Se miraban unos a otros desconcertados, se dieron cuenta que el Rata no iba a llegar.

  El “Rulo” sentado en la esquina del banco, trataba de enroscar una venda vieja y arrugada, tenía los ojos en otro lado.  El “Cebolla” descansaba  de espaldas sobre el piso, tenía  las patas colgadas contra la pared y la camiseta enroscada en el cuello.

  El “Laucha” el más joven del grupo, apenas había terminado de ponerse  los cortos, cuando escucho el grito…

  — ¡Vos prepárate, que vas de entrada! — Le dijo el viejo Mirándolo a los ojos—. Parece que el “Rata” no va a venir—.Terminó afirmando con sus palabras, lo que todos pensaban.         — ¡Y ustedes —dirigiéndose a todos, — a ver si van terminando de vestirse, de una puta vez!—Volvió a gritarles—. ¡Parecen minas de tanto arreglarse!—. Tenemos que calentar, en cinco minutos empieza el partido —.

  El viejo estaba caliente y no lo disimulaba, tenía los pelos tan batidos, que la cabeza  parecía un nido de caranchos.

  “El Laucha” apenas  podía creer lo que acababa de escuchar, por primera vez entraría de titular. Él tenía claro que era el reemplazante natural del “Rata”, aunque  no tenía ni por asomo, ni la fuerza, ni la capacidad  goleadora del otro.

  Mientras corría  de aquí para allá, saltando y tirando cabezazos al aire. Soñaba con  clavarla en un ángulo, y gritar  su primer  gol en primera. Los muchachos le gritaban alentándolo, le decían que le metiera, que fuera para adelante, que él podía…Tanto le dijeron, que terminó agrandándose y de a poco fue tomando confianza. 

  Sonó el silbato del árbitro, escucharon la arenga de “Don julio” y partieron para la cancha. Antes de salir algunos tomaron un trago de agua, otros se mojaron  la cabeza, y otros los menos; aspiraban de una bolita de algodón, embebido en alcohol.

  En el camino antes de entrar al campo de juego, el capitán los junto a todos y les dijo…

  — ¡Este partido hay que ganarlo, cueste lo que cueste!—. ¡ Hagámoslo por la familia, esos huevones no son nadie!—.¡No tienen con que ganarnos…¡Allá adelante… si nos queda una la metemos…¡Eh!—.Lo dice mirándolo al “Laucha…—. ¡Acuérdense —elevando el tono de la voz— que el último partido que jugamos, nos lo ganaron de pedo—.      Tenemos que demostrarles, que estamos para campeonar—. Finaliza…

  Cuando “el chocolate” termina con su incentivo, se reúnen en círculo se  abrazan, dan  las hurras y salen trotando hacía  el verde césped. La afición los recibe con un griterío de las mil putas, los papelitos apenas se notaron.

  Mientras tanto el “Rata”, no estaba pasándola  muy bien que digamos. Lo bajaron del auto a los empujones y  lo metieron en una pieza mugrienta. Lo dejaron ahí tirado sobre la cama, con los ojos vendados y las patas precintadas.

  El “Rata” era bravo de verdad,  el tipo que se las aguantaba, pero en ese momento estaba que se cagaba de miedo. Encima tenía las patas atadas  y no veía un carajo.

  — ¡Espera cinco minutos y después te quitas la venda, no hagas que nos enojemos! —.Le gritaron, dándole una cachetada en el culo.

  Escucho cerrarse la puerta, la habitación quedo en el más profundo silencio. Pudo escuchar el ruido de la llave en la cerradura, lentamente conto hasta quinientos y se quitó la venda.

  Fue abriendo lentamente los ojos, para que se adaptaran a la oscuridad. Buscó al tanteo sobre la pared  hasta que encontró la llave, y encendió la luz. Cuando la vio se asustó, dio un salto hacia atrás, volvió a caer de culo sobre la cama.

  Parada  delante de la puerta estaba “La Juana”, la hija de la peluquera. Una chica tristemente célebre en el barrio,  por su desenfrenado apetito sexual…No intento hacer nada, se quedó tieso como una estatua. Cuando quiso reaccionar, “la Juana” ya estaba  haciendo de las suyas…

  El vestuario parecía un velorio, las caras largas y transpiradas, lo decían todo. Les dieron un paseo bárbaro, jugaron pésimo,  les clavaron un  cuatro a cero más grande que una casa.     El “Laucha” no la agarró ni con la mano, ni media posibilidad de embocarla le dieron. El pobre pibe suspiraba, en un rincón con la camiseta número nueve en la mano. Quizás viendo, como se le  había escapado la oportunidad de mostrar su valía.

  El viejo Julio estaba como loco, casi se había quedado pelado de tanto sufrir. Los miró a la cara uno por uno, gritándoles con el vozarrón característico. Les dijo…

  — ¡Son unos cagones de mierda!—. ¡Jugaron como mariquitas!…Tomo aire y continúo gritándoles…

  — ¡No es posible, que dependemos de un solo tipo para ganar!—. Y unas cuantas cosas más…Después dio media vuelta y se fue, dando un portazo de la putisima  madre.

  Quedaron mudos, el silencio se puso tan espeso que se podía cortar  con un cuchillo…

  Entonces el “Chocolate” se levantó del banco, sus piernas enrojecidas mostraban los rastros de la batalla. Lanzó un feroz chiflido y todos le prestaron atención, les hablo como el capitán que era.

  Les dijo que no se calentaran, que ya conocían al viejo, que era un calentón pero después se le pasaba. Que era verdad que habían jugado pa’ la mierda, pero que el futbol era así, a veces se gana y otras se pierde.

  Termino la charla pidiéndole  que se apuraran, se hacía tarde para irse a tomar unas cervezas. Salto del mesón de masajes al piso como si nada,  desato la toalla de su cintura y enfilo para las duchas.

  De a uno en fondo con la cabeza gacha, fueron abandonando el vestuario. Se había extrañado al “Rata”, su ausencia había sido fatal. Aunque después poco a poco lo fueron olvidando, mientras les servían una birra tras otra, en el barcito de la esquina.

  “El Rata” despertó sobresaltado, “la Juana” dormía  a su lado  roncando como un chancho. Se puso de pie en un solo movimiento, se vistió  a oscuras como pudo y salió rajando de la pieza para no despertarla. Cuando salió a la calle, se dio cuenta que había  estado en el telo todo el tiempo.

  Hacia tanto que no pasaba  por allí, que ya ni se acordaba de cómo era. Todavía  no entendía muy bien, lo que había  sucedido. Lo que si le había quedado  claro, es que nadie le creería si contaba por lo que había tenido que pasar.

  Se sintió mal por no asistir al partido, nunca le había fallado a sus compañeros y menos aún a la afición. De todas maneras interiormente estaba contento, esa tarde le había clavado cuatro goles a la Juana.

  Tuvo que aguantarla  todo lo que pudo, había entrado y salido varias veces del área para anotar. Claramente y sin lugar a dudas, había sido uno de sus  partidos  más  difícil  y complicado.  

  Antes de irse, se volvió para mirarla por última vez. “La Juana” continuaba durmiendo en bolas sobre la cama, desde allí podía verle los pechos descubiertos. Sin querer, se le escapo una sonrisa entre los dientes, mejor no se lo cuento a nadie, pensó. ¿Quién le creería, por todo  lo que había pasado?...

  Cerro la puerta sin hacer ruido, enterró las manos en los bolsillos del anorak  y agarro para el caserío. Se fue caminando despacio, pateando piedritas y silbando bajito.

  Termino desapareciendo entre las sombras de la noche, satisfecho y con la sensación de haber  jugado el mejor partido de su vida.

FIN.

Juan Carlos Fernandez

Juan Carlos (topo) Fernandez 56 años. Jubilado y escritor amateur. Convencido de que no todo es verso, se me ocurrió escribir novelas policiales y cuentos breves. Soy esposo, padre y fui hijo. Me crié leyendo historietas y alguna que otra novela clásica, pero mi fascinación sobre la literatura policial, surgió a raíz de leer “Asesinato en el Orient Express” de Agatha Christie. Después de ser uno de los ganadores en un concurso literario local, decidí publicar mi primera novela “Círculos Cerrados S.A.”. Ahora voy por más con “Asesino”, con él intento llegarle a mi gente, y profundizar aún más el conocimiento del género policial negro.

 

 

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