Crimen del matrimonio Scalia: Qué hacer con el delito en tiempos de reincidencia

 

San Rafael ha sido tapa de los diarios nacionales en los últimos meses por diferentes sucesos más que trágicos. Si bien cada uno de ellos tuvo su particularidad como el accidente de la Cuesta, la muerte de Genaro o el recientemente conocido asesinato del matrimonio Scalia, todos coinciden en que nos han puesto en mira de todos.

Hoy, nos vamos a detener en el asesinato de Miguel Ángel Scalia y Liliana Balmaceda, ocurrido presumiblemente entre la noche del sábado pasado y madrugada del domingo, aunque descubierto recién el lunes por la mañana.

No voy a dar más detalles de los que todos ya conocen, no creo que sume nada volver a recaer sobre cómo sucedió el hecho delictivo. Pero sí sobre un dato que nos invita, por más triste invitación que sea, a reflexionar sobre el presente de la sociedad mundial. Uno de los dos posibles culpables del caso, tiene tres condenas, dos por delitos contra la propiedad, uno de ellos robo agravado.

Hasta el momento, la fiscal Andrea Rossi (la misma que está detrás del caso Fortunato) imputó a Cristian Pajón (33) y Daniel Peñalvé (34) por el doble homicidio.

Cristian Pajón es quien ya estuvo en la cárcel, es quien ya cometió delitos, es quien se cree, en principio, volvió a delinquir esta vez quitando la vida de otra persona.

La inseguridad es un flagelo que a todos nos preocupa. Parece irónico pero es un problema que afecta a pobres y ricos, casi sin distinción. Como se dice en la “calle” habitualmente, a cualquiera le puede pasar algo.

¿Cómo detenemos esta inseguridad? Vaya pregunta, moribunda respuesta.

¿Qué es la inseguridad? ¿Por qué existe la inseguridad? Bueno, hay miles de preguntas que tranquilamente podríamos poner sobre la mesa a la hora de discutir la convivencia social entre los humanos. A través de la historia, lo que hoy llamamos inseguridad, antes podría haber sido llamado como supervivencia. Antes, no había leyes escritas en un papel, guardadas bajo un libro e interpretadas por personas. Con el “avance” de la sociedad moderna en materia institucional, se registraron estos escritos llamados, en el caso argentino, Código Penal y Código Procesal Penales, que vendrían a ser una especie de biblia acerca de cómo el Estado actuará frente a un mal comportamiento por parte de un ciudadano.

Qué lleva a un ser humano a provocarle daños a otro, es una incógnita imposible de generalizar, pues porque generalizar es caer en la mayor de las ignorancias. Sin embargo, hay factores según estudios internacionales, que afirman por ejemplo, que la falta de trabajo, traducida en pobreza, es un motor que promueve el robo. Y alguien podrá decir que cuando hay hambre, no hay leyes. Hasta no pasar hambre de verdad tampoco podemos ponernos en ese lugar, al menos lo digo yo, que he tenido la suerte de que mis padres siempre me pusieron comida en el plato.

Claro que hay una diferencia enorme, abismal, incalculable entre robar una cartera y matar con un cuchillo, tras haber golpeado repetidamente, a una pareja de adultos mayores.

Pajón, a quien no conozco y creo no tener ningún tipo de interés en conocer, es un caso de reincidencia absoluta. ¿Qué pasa por su cabeza? Sólo él lo sabe. Pero más allá de esto, el Estado debe tomar alguna determinación y ésta, debe tener influencia en lo que socialmente supongamos que mejorará esta golpeada convivencia comunal.

En las redes sociales, laberinto de filósofos baratos y zapatos de goma, se lee infinidades de “soluciones” que proponen ciudadanos comunes. Voy a repetir algunas de ellas a modo de ser útil para el fin de esta editorial; Cadena perpetua, condena de muerte, aumento exponencial de la policía en la calle y demás.

Antes de comenzar a analizar algunos de los puntos anteriormente expuestos, es importante destacar que el fin último de cada reflexión que tengamos en esta materia, tiene que apuntar a mejorar la convivencia humana, a liberarnos de las desgracias que se pueden evitar. Cualquier reflexión que hagamos, tiene que estar dirigida hacia la ampliación de derechos, pensando en un mundo en donde todos nos tratemos bien. Claramente esto es una utopía, pero si no vivimos para hacer las utopías realidad alguna vez, para qué vivimos entonces.

Las altas tasas de encarcelamiento no ayudan en la disminución del delito. Así lo determina un informe del Brennan Center for Justice de la NYU School of Law, un instituto independiente "que busca mejorar los sistemas de democracia y justicia". En la Argentina esto también se aplica y responde a diferentes variantes. La teoría dice que la cárcel debe servir para la reinserción social de quien está preso. En nuestro país, además del hacinamiento, está claro que estos lugares no son un espacio de reinserción ni parecido.

"Cuando son liberados, normalmente tienen problemas para conseguir trabajo y reintegrarse en la sociedad debido tanto a las barreras legales como al estigma social", sostiene el informe antes mencionado. Yo le pregunto a usted con total sinceridad de su parte ya que nadie más que su conciencia sabrá la respuesta: Si tuviera que dar trabajo a una persona pero hay dos postulantes en iguales condiciones de conocimientos y uno de ellos estuvo preso, ¿a quién contrataría?

Tan solo en lo que respecta a las cárceles bonaerenses, en el año 2016 la mayoría de los reclusos (67,5 por ciento) admitió haber cometido un delito y haber sido condenado con anterioridad, mientras que las recaídas descienden en las mujeres y a medida que aumenta la edad en ambos sexos. (Datos extraídos del documento de la Universidad Nacional de Tres de Febrero de marzo 2016)

Caer preso es un gran problema, no cabe duda, para el presente de quien pierde la libertad y sin dudas, para el futuro del mismo. Usted podrá decir “problema de quien cometió el delito por haberlo cometido” y en ese sentido no podría objetarle. Pero la pregunta que se desprende de esta situación es si realmente solucionamos algo ampliando cárceles y creando un mundo bajo las rejas entre quienes delinquen.

Según Joseph E. Stiglitz, profesor de la Universidad de Columbia, quien colaboró con el informe Brennan Center for Justice, uno de los principales problemas que los Estados Unidos enfrenta hoy, es el encarcelamiento masivo. "Con casi 1 de cada 100 adultos detenidos", tienen la tasa más alta de todo el mundo. Son 2,3 millones de personas las que están presas en Norteamérica, de las cuales un 40% son afroamericanos. Así, los Estados Unidos tienen el 25 por ciento de los presos del mundo en sus cárceles.

"Cuando 1 de cada 28 niños tiene un padre en prisión, el ciclo de pobreza y desigualdad de oportunidades sigue con un trágico desperdicio de potencial humano por generaciones", sostiene Stiglitz.

El especialista señala que los EE.UU. gastan unos 260 mil millones de dólares cada año en justicia criminal. "Un año de prisión puede costar más que un año en Harvard".

Y sin embargo, las altas tasas de encarcelamiento tienen un impacto casi nulo en la baja del delito. "No tiene sentido seguir desperdiciando recursos así", dice.

 

La inseguridad como flagelo, tiene a grandes rasgos dos partes. La primera es la prevención de la misma y la segunda es la aplicación de la fuerza de policía que tiene el Estado. Es cierto que encerrar a un violador, resulta para la sociedad quitar el riesgo de que esta persona cometa alguna violación a otra. Pero hay delitos, que son reemplazables porque exceden a la persona en sí, por ejemplo, el que vende drogas es encarcelado, pues alguien ocupará su lugar tras la captura del anterior, porque el mercado de las drogas no va a parar nunca (al menos con las políticas que tienen los gobiernos actuales).

Pero más allá de toda palabra escrita por algún medio de comunicación, ¿Qué hacemos con la reincidencia delictiva permanente? ¿Cómo cortamos con esto?

La educación, como pilar fundamental de casi todo, es una solución a largo plazo, siempre. Educar no es cuestión de días, ni siquiera de un par de años nada más. Pero mientras tanto, cómo paliamos con esta situación que termina siendo trágica para personas que nada tienen que ver con el delito como este matrimonio que perdió la vida en su propia cama, con su hija postrada en una cama sin poder hablar.

Cornejo ha presentado como caballo de batalla mandar policías a las calles, tener mano dura, acabar con el delito a través de la fuerza. Personalmente creo que estas decisiones nada solucionarán. Tampoco creo que Cornejo no tenga intenciones de bajar la delincuencia, pero esto no es más que una opinión personal de alguien que no está capacitado para ejecutar soluciones sobre el tema, pero sí para expresarse como cualquier ciudadano. Me resulta extraño que casi todos los funcionarios públicos del país repiten cosas similares acerca de este problema. Desde el famoso mapa de la inseguridad del impresentable de Jaque, hasta detenidos por un porro. Nada ha mejorado, porque nos seguimos robando, violando o matando.

¿Cuándo habrá un dirigente político que se anime a profundizar en el problema de la inseguridad sin hablar pensando en las elecciones?

Martín Falcone

Martín Falcone, 28 años, director editorial de Ojos de Café.

 

 

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