Homenaje a Liliana Bodoc en la feria - Columna de Quique Arriaza

 

La tarde ya se presentaba gris, estaba frío, y los lectores de Lili iban llegando de a poco. Llegó Galileo con parte del grupo de teatro, Gonzalo Kenny entró al recinto y cuando nos vio, saludó amablemente y agradeciéndonos por estar en un día tan especial.

De a poco, la gente llegaba, estuvimos hablando con el hermano de Liliana, lo cual nos contó cómo era ella, sus inicios en las palabras. El amor hacia sus lectores, el amor hacia sus hijos, el amor hacia todo el mundo. Pero mientras hacíamos fila de repente llegaron unas personas con unos paraguas iluminados, se dividieron en diversos grupos y comenzaron  a leer pequeños fragmentos de cuentos, fragmentos de novelas que Bodoc había escrito, las lágrimas corrían por los rostros de los oyentes, esa lágrima que corre por la mejilla que cae lentamente y termina en nuestra boca, allí termina porque comenzaba a formarse una risa, una risa de tristeza y de felicidad.

Una vez en el recinto, todos sentados, cada uno tenía expectativas diferentes, nadie sabía con qué nos encontraríamos, era todo tan extraño saber que asistíamos a un evento sin Liliana Bodoc presente pero a su vez, presente. En las primeras bancas estaban sus familiares, su hija Romina, su Marido Jorge, su hermana Silvia, su ilustrador, Gonzalo Kenny, del otro lado del pasillo estaba la editora de su último libro, Laura Leibiker de la editorial Norma, a su lado Laura Bombara y así otros escritoras presente, los niños corrían por los pasillos mientras todos se acomodan en los lugares.

Galileo, su hijo mayor, realizó la apertura y lo hizo así: “Hoy me toca estar aquí frente a ustedes, aunque preferiría un millón de veces estar sentado a su lado, oyendo maravillado la voz de mi vieja, sus palabras siempre caricias, siempre enseñanzas… Pero aquí estoy, aquí estamos, sin Liliana”. Con voz acongojada desarrollaba su texto, con un nudo en la garganta, los ojos a punto de explotar en lágrimas, pero, con tranquilidad fue leyendo una a una las líneas que desde lo más hondo de su ser expresó.

El homenaje constó en dos partes, la primera parte, como ya venía mencionado, Galo, tomó poder de la palabra y nos confesó en tres momentos la verdad de Liliana: “Liliana Bodoc nos mintió; Liliana Bodoc no fue mi madre; Liliana Bodoc no murió”.

En Liliana Bodoc nos mintió, Galileo nos introduce poco a poco en el mundo de su madre, como ella se fue acercando sigilosamente a la palabra, como se hizo de lectores y como, de una manera fantasmal se fue convirtiendo en madre de todos. Oímos lo que decía su hijo: “Entonces “la Lili” comenzó a mentir. Pero no para obtener algún valor o para zafar de algún lío o para cagar a alguien... mentir para poder decir la verdad. Porque comenzó a descubrir que solo la palabra que dice sin decir, la palabra que rodea al silencio, la palabra que hace, es la materia prima apropiada para construir un lenguaje que abarque tanta desolación, un lenguaje como un puente para cruzar a la orilla del otro y poder abrazarlo y llorar juntos hasta volver a reír.”  A modo de cierre de esta primera verdad, se escuchó como un tambor acompañó a la voz de Liliana que se proyectaba en una pantalla gigante hablando de la palabra, la palabra poética.

“Ella escribió sus libros como ventanas, como armas, como abrazos. No como libros. Escribió libros como revoluciones. Liliana escribió sus libros como escriben en el silencio los tambores”

El segundo texto, Liliana Bodoc no fue mi madre, comenzó a crecer el clima emocional, en los rostros de sus lectores se podían observar las primera lagrimas caer, las primeras manos llevadas a la boca como signo de no permitir salir sonido alguno, Laura Leibiker consolaba a Paula Bombara,  los nietos de Liliana, sentados junto a su abuelo, Jorge, y la voz de Galileo que se escuchaba en los parlantes, cada uno estaba atento al texto, fue como una magia que empezó a invadir a todos y sentir que Liliana estaba presente.

El relato de Galo nos fue llevando de a poco a cómo era su madre antes de ser escritora, cómo llegó la creación de la saga, cómo se preocupó por dejar un legado en nuestra historia de la literatura; en otras palabras dijo: “Ella reflexionó y nos dijo, como si Nankín le estuviera susurrando desde el tiempo mágico, que alguien debería escribir una saga épica en tono latinoamericano. Una epopeya imaginaria que redima y empodere a nuestro continente, a nuestro mundo. Así como Tolkien había hecho con el suyo”.  Y reafirmó  el poder de la escritura en su madre: “Y por eso escribió como escribió. Con ese lenguaje único y sin embargo colectivo. Porque Liliana no escribió para ella, escribió para nosotros, escribió porque a nuestro pueblo le faltaba una bandera fantástica para enfrentar al odio en el terreno de la emoción”.

De pronto una interacción con el público,  voces aquí, voces allá, personas que se levantaban  y hablaban con Galileo, los espectadores seguíamos cada movimiento, estábamos atento ante cualquier intercambio fuera de lugar, pero no, todo había sido planeado, todo había sido ensayado y todo había sido premeditado, mientras que los actores de teatro gritaban a viva voz, el público comenzó a exaltar su emoción, cada vez eran más personas llorando, cada vez más lágrimas habían en los rostros de cada uno, el clima se apaciguó cuando Galileo tomó el micrófono y dijo: “Gracias, mamá”

“Y cuando finalmente estuvo listo, apuntó a la grieta del muro gris y disparó el único proyectil con el que contaba: su amor. Y en esa enorme explosión se inmoló aquella mujer desolada y triste. Fue hace más de veinte años que murió mi madre, fue cuando nació la nuestra. Cuando surgió de las cenizas esta guerrera enorme: Liliana Bodoc”.

 

El tercer texto Liliana Bodoc no murió, el público entregado a la emoción, escuchando las palabras de Galo llenas de emotividad, explicando que Liliana, su madre, no había muerto, que aún vive en los ojos de su padre, en la maternidad de su hermana, en la felicidad de su hija y en el compromiso de nosotros, sus lectores, que a diario, leemos sus libros. Y de fondo se escuchaba una voz femenina acercándose al escenario cuando Galileo decía: “Liliana descartó su físico, porque el cuerpo es denso y limitado, y ella necesitaba abrazarnos a todas y a todos a la vez, y no dejar a nadie fuera de su abrazo”  y ese abrazo, en esa tarde, en ese salón, todos lo sentimos, sentimos que la Lili, estaba de alguna manera ahí.

Las últimas palabras que Galileo leyó se fueron entretejiendo con aquel coro que cantó “Las manos de mi madre” dando la guía a las siguientes oraciones: “Cómo va a estar muerta si cada vez que recuerdo sus manos, lo cotidiano se vuelve mágico. Sus manos, sus pájaros en el aire… “y así, terminó la primera parte del homenaje, con un clima cargado de lágrimas, de recuerdos, de aplausos, de simplemente recordar a Liliana y no olvidar que vive en nosotros.

La segunda parte del homenaje estuvo a cargo de escritores, editores e ilustradores que llevaron a cabo una maratón de lectura de las obras de Liliana. En primer lugar pasó al escenario y leyó Elisa, la rosa inesperada, la escritora Paula Bombara; le siguió la escritora Victoria Bayona quien leyó un fragmento del libro El espejo africano. El ilustrador de Venado, Gonzalo Kenny, tomó el micrófono y dio lectura a varios pasajes de ese libro terminando con un exquisito fragmento que está dedicado a Vieja Kush, uno de los personajes de la saga de Los Confines.

El Escritor cordobés, Sergio Aguirre, dio uso de la palabra relatando cómo conoció a Liliana y cerró su espacio leyendo un poco de Sucedió en colores.

La jefa editorial de Santillana, Julieta Obedman, se refirió  al momento que trabajó con Liliana y en la reedición de La Saga de los Confines, por sus diez años, con ilustraciones de Gonzalo Kenny. Terminó su paso por el escenario leyendo Memorias impuras. El narrador cordobés, Marcelo Guerrero, narró y cantó la canción  Husihuilke, “Hasta pronto venado”.

Laura Leibiker, editora de su última novela, contó de aquel viaje que realizó Liliana para poder llevar a cabo “Elisa..” y así, nos leyó un fragmento de dicha novela, recordando todo ese viaje; Diana Bellessi, poeta argentina, subió al escenario con Los días del Venado y leyó un fragmento  y para terminar, Claudia Piñeiro, realizó el cierre de dicha maratón con Diciembre, súper álbum y así, como aquel viento que una vez apareció en uno de los cuentos de Liliana, se fue terminando aquel emotivo homenaje a una escritora que nació en Santa Fe y se crió en Mendoza y se marchó a la inmortalidad en esta provincia que la vio crecer y la recuerda orgullosamente.

 

Gracias Lili.    

 

Por Enrique Arriaza.

 

Quique Arriaza

Tengo 24 años, todos me conocen como Quique. Estudiante de lengua y literatura. Profesor de lengua hace dos años. Me apasiona leer, colecciono la revista cultural Ñ, y si visito una librería debo salir con un libro. Los libros son una gran parte de mi vida ya que nací y crecí al lado de una biblioteca. Aún conservo mi primer libro de cuentos. Me preocupa saber que hay libros que no se han leído aún. Me gusta el cine independiente, la fotografía, la natación y apreciar los atardeceres. En relación con las redes sociales soy muy activo, siempre interactúo por esos medios. Me gusta viajar y conocer las culturas, siempre acompañado de música y claro, de libros. ¿Ya dije mi pasión por los libros?

 

 

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