Somos tribuneros

 

Por estos días transcurre la vendimia argentina. La mayoría de las uvas blancas ya llegaron a su punto óptimo de madurez y esperan a sus amigas tintas, un poco más perezosas, en la bodega.

Las primeras en llegar encontraron la sala de fermentación, libre de microorganismos, ya que no quedaban rastros de las levaduras que trajo la fruta del año pasado.

La uva nueva trajo sólo lo puesto desde campo, no tenía ni más ni menos que algunos pequeños amigos. Estos aunque microscópicos guardaban una enorme fidelidad debajo del poncho, por ello decidieron acompañar a aquellos racimos en la gran aventura de “colonizar” la bodega.

Así es como solos los dos iniciaron el camino que los llevaría a graduarse como vino.

Luego, fueron llegando el resto de los varietales; es que habían escuchado que “El Chardo” estaba teniendo algún éxito por aquellos pagos; y que sus amigas las levaduras, aquellas que valientemente lo habían acompañado desde el principio, no paraban de deleitarse con todos sus dulces, transformándolos en alcohol.

Así fue como poco a poco llego toda “la banda de los blancos”. Mientras más eran, más se alentaban entre ellos; y las levaduras, ya envalentonadas, no paraban de darse festines agridulces.

La voz se corrió por toda la finca, y el Syrah no pudo aguantar su ansiedad. Al resto de su tribu le faltaban todavía algunos días para poder encarar aquel viaje.

Entonces lo vio al Viognier, que todavía andaba dando vueltas por ahí. Lo llamó, y no tuvo que insistirle mucho para animarlo a encarar la travesía, de hecho él mismo le propuso que al llegar a Bodega compartieran tanque para recorrer el camino hasta la botella. Ahí nomás llego la cuadrilla, para subirlos al camión y al poco tiempo ya estaban de fiesta con todo el resto.

Esto no hizo más que arengar la tropa de tintos, que empezaron a empujar para entrar a la bode; y en pocos días, cuando la gente quiso acordar, aquello ya estaba tomado por la uva y las levaduras.

Todos fermentaban de maravilla, tanto que hubo que calmarlos un poco, prendiendo los equipos de frío. Es que no paraban de saltar y gritar cantos de tanque a tanque, y entre tanto pogo vendimiero y tanto agite, los contenedores empezaron a transpirar la camisa. Sólo con pasar por la puerta de la bodega sentíamos los olores cítricos y algunos a ruda de los primeros tanques, en los que muy en frío y lo más tranquilamente posible seguían fermentando los blancos. Pero a los que se animaran a adentrarse en la bodega, “la barra de los tintos” los mareaba con tanta ciruela y violetas.

Este año la misa vendimiera recién empieza. Pero yo ya estoy ansiosa, por ver las fotos que subirán por allá cuando, ya agotados por aquel divino tormento que esa fiesta significa, coronen el superclásico con el folclórico asado argento.

Paula Latorre

Paula Latorre, Lic. en Enología, 25 años, trabajo en Arpex Argentina y me divierto en la La Finquita 1920, emprendimiento de garage. Me gusta entender la enología como una profesión que me permite trabajar jugando y aprender de la gente.

 

 

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