Solos, pero no tanto

 

Cuando hice mis primeras prácticas, fue en una bodega que se caracteriza por vinificar individualmente a los distintos malbecs de nuestra Mendoza, y a los Bonardas que todavía no aprendemos a agradecerle, como es debido, a los suelos del este.

Esta era mi primera vendimia, la recuerdo larga e intensa. Tal vez, porque no tenía registro de esta experiencia, o tal vez porque realmente lo fue. El día comenzaba a las seis y media de la mañana, cuando Vane pasaba a buscarme, para llegar una hora y media después a Barrancas; de donde no volveríamos antes de las nueve de la noche. 

Claramente no había mucho espacio para visitas y reuniones sociales, pero no estaba sola. Compartía todos los días con esa amiga que me abrió las puertas a un mundo agotadoramente mágico. Vane fue algo así como el conejo blanco de la madriguera de Alicia.

Un año después el laberinto me llevaba hasta Finca La Anita. Aquí los varietales también fermentan solos, y aunque la técnica indica que la uva de los distintos cuarteles debería fermentar separadamente de sus vecinos, lo cierto es que la rebeldía de la Finca suele superar a mi amiga, y así es como se mezclan de un salto en los distintos tanques de la bodega. 

Esto no molesta a Sole verdaderamente, ya que si bien le gustaría tener a sus varietales solos y ordenados, no puede combatir a su propio instinto sociabilizador. Dio muestras de ellos cuando, en ocasión de los 21 años de “La Anita” decidió presentarle la nueva viña de Petit Verdot ni más ni menos que al parral de Syrah, quien ya llevaba varios años viviendo en el lugar. Estos dos se entendieron más allá de la diferencia etaria y juntos crearon el “Corte Aniversario”. 

Durante las dos temporadas que me recluí en esa Finca, aprendí sobre varietales y blends. Sentí que una bodega no es una fábrica, sino un atelier. Pero sin duda lo más importante es que aunque en aquella época del año a algunas personas pueda parecerles extraño que no compartamos momentos en sociedad, nosotros podemos ganarnos grandes amistades, con buena capacidad de guarda.

Hoy que, por algunos meses, deje atrás a mi familia y a mis amigos, para venir a molestar a una casa donde las uvas que habitan me son tan extrañas, como sus sistemas de vinificación. Aprendo que cada uno tiene sus tiempos y  éstos deben ser respetados, como el caso del moscatel que le gusta quedarse solo, durmiendo un poco más en el viñedo; pero que cuando se levanta comparte con nosotros el más dulce de los carismas. Es que a ese remolón simpático le gusta llegar a la bodega, cuando las otras variedades ya han armado la fiesta que significa una vendimia. 

Pero como decimos en mi pueblo “el zorro pierde el pelo, pero no las mañas”. Aquel mismo personaje que decidió llegar al baile, con el festejo a tope. Ahora no quiere dormir como todos los otros en la sala de tanques. Es que sólo está dispuesto a compartir habitación si duerme en su barrica. Misma extravagancia que presentaron un viognier y un famoso varietal, que con tal de tener un poco de intimidad prefirió hacer su check in en el hostal de la icónica bodega mallorquina, bajo el seudónimo de “PCH”.

Ésta tierra, en la que no conozco a más gente que la que el mediterráneo quiere regalarme. Me enseña que siempre es bueno mezclarnos con pares, pero que mientras más distintos nos resulten mejor será el blend. Como en el caso del Manto Negro, que aunque a “primera nariz” puede parecernos que tiene la suficiente personalidad, como para vivir en soledad. Si observamos de cerca su evolución veremos que aunque no lo quiera, necesitará un Syrah o como su mallorquinismo indicaría, una Gargollasa. Es que de lo contrario se sentirá tan solo que no podrá conservar la divertida sensación que nos regaló ni bien se presentó. 

Sucede que a todos nos gusta tener un tiempo para compartir con esa parte nuestra, que de otro modo no podemos escuchar. Pero que como gran parte de los vinos europeos, se expresa mejor si la blendeamos con esencias de amigos que si la confinamos a una botella, en el rincón de una cava.

Paula Latorre

Paula Latorre, Lic. en Enología, 25 años, trabajo en Arpex Argentina y me divierto en la La Finquita 1920, emprendimiento de garage. Me gusta entender la enología como una profesión que me permite trabajar jugando y aprender de la gente.

 

 

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