La entrevista a Claudio Ledesma por nuestro columnista Quique Arriaza

 

La tarde se prestaba agradable. Eran las 16.00 y pasé a buscar a Claudio por el hotel. Él ya me esperaba. Hicimos unos pasos y encontramos un bar café abierto en plena siesta Sanrafaelina.

 

“Qué lindo día me tocó llegar” me dijo apenas me saludó. Pedimos un café. Y comenzamos a hablar un poco, nada por escrito, no llevaba un tema en la cabeza solo llevaba unas cuantas preguntas que no me atreví a decirlas sino dejé que se respondieran solas y así fue, café por medio, risas y anécdotas contadas como dos amigos que se vuelven a ver, pero lo cierto es que ambos fuimos desconocidos, y terminamos siendo conocidos y compartiendo el mismo sentir por los libros y las historias que hay detrás.

 

Claudio Ledesma, es esa persona del barrio de San Telmo que quería ser docente y terminó siéndolo, que se crío con jubilados a su alrededor y que terminó creciendo como adulto pero aun lleva su niño interior muy a flor de piel, porque ese niño revive cada vez que cuenta un cuento, ese niño aun sonríe cuando los demás lo hacen.

 

A continuación la entrevista, lo cual preferí hacerla en forma de temas ya que la conversación se prestó así:

 

Un poco de la vida.

- Mi familia no era lectora, no le gustaba leer. Mis padres son muy sencillos y muy humildes, mi mamá es  ama de casa y mi papá es plomero; pero siempre hubo historias en mi casa. Ellos son de la provincia de Tucumán y siempre me contaban las historias de aparecidos, la leyenda de la luz mala y todas esas historias que tiene que ver un patrimonio cultural intangible que es uno, del lugar del que viene con sus historias. Buenos Aires es como una gran vorágine, y ellos fueron a progresar, estudiar y a trabajar y ya después se quedaron allá; y como que también un poco de esas historias, llevan un pedacito de su provincia, sentirse como rodeado aunque sea de esas historias es una de alguna forma, tener algo de su lugar, de su terruño.

 

Algo que te marcó en la vida.

- La escuela fue la que me marcó. La escuela es una gran oportunidad en los niños, y a veces, en algunas cosas y actualmente yo creo que es la última gran oportunidad que tienen los chicos. Qué terrible hablar de una última oportunidad sobre todo cuando se trata de chicos, en muchos casos, la escuela, se va a convertir en esa última gran oportunidad.

Tuve maestras de literatura que amaban lo que hacían, que amaban la literatura y fueron ellas quienes me contagiaron esta pasión, esas ganas por querer vivir vidas ajenas a través de la literatura. Recuerdo de las clases de literatura, tanto del primario como del secundario, más del secundario. Las recuerdo a ellas, sentadas en el escritorio, leyendo y contando con tanta pasión, eso que a ellas tanto les gustaba. ¿Y que quedó en mí?, las ganas y la pasión que ellas sentían y transmitían cuando leían, que contagiaban. Yo, indiscutiblemente quería también disfrutar tanto de lo que ellas disfrutaban.

Hay un recuerdo de una maestra de séptimo grado de la escuela Coronel Isidoro Suarez, que se llamaba Ada Cukier (una verdadera hada), una señora muy mayor que nos llevó de viaje de egresado a Córdoba, y me acuerdo que mis padres no podían pagarme el viaje y ella organizó rifas, ventas de tortas, conseguía cajas de galletitas de la Bagley para poder venderlas. Tengo una imagen muy patente, que como no había podido pagarnos la merienda, ella, se había llevado en su valija de adulto, (risas) una horma de queso de máquina y una horma de jamón cocido para que en las tardes nos sentáramos alrededor  de ella y nos daba sanguchitos. Ella, fue una docente muy dedicada y yo creo me transmitió el amor por la docencia.

 

La oportunidad de conocer el teatro.

-Yo vivía en el barrio de San Telmo a diez cuadras de Avenida Corrientes y desconocía que esa avenida era de teatros y que la calle Lavalle era de cines. Nunca me habían llevado al cine (mis padres) fue la escuela la que me llevó al teatro Roma a ver una obra llamada “Made in Lanús” y cuando vi la obra yo sentí que quería hacer eso, que algo me atravesaba. Al otro día no fui al colegio, seguí de largo en el colectivo, me hice la rata, fui al teatro y golpee la ventanilla al boletero y le dije:

 

-Quiero estudiar teatro. Él me miró y me dijo:

 

-Sí, pero acá no se estudia, acá se hace teatro.

 

-¿Dónde estudio?, (yo había ido a fuente, a lo que conocía).

 

-En la otra cuadra esta la escuela de teatro Roma de Avellaneda.

 

A todo esto tenía unos doce años, cursaba el primer año del secundario, fui adonde me había mandado el boletero pero tenía que tener terminado tercer año del secundario para poder ingresar porque era una escuela media de teatro, es terciario el teatro Roma. Ese mismo día llegó a mis manos una revista del Centro de Jubilados “Nueva Vida”, y ahí daban clases de teatro. Me anoté e iba a clases los días martes. El director se llamaba Ober Víctor Layola, un señor mayor, me dijo que podía ir los lunes a estudiar declamación, los jueves estudiar tai chi chuan, los viernes expresión corporal, los sábados control mental. Yo asistía a esas clases con jubilados, con personas mayores de la tercera edad. Ellos me enseñaron que la edad es un estado de ánimo, porque había jóvenes de ochenta y viejos de dieciocho (risas) y con ellos comencé a hacer teatro. A mamá y a papá no podía confesarles que hacía teatro, si ni  a mí mismo podía confesármelo, entonces le dije que iba a estudiar inglés, cosa tranquilizadora para los padres, que  los hijos sepan un idioma. Toda mi adolescencia hice teatro con los jubilados, lo cual fue maravilloso porque era como una esponja, absorbía todo, sus historias, sus libros de lecturas y su bagajes.

 

Primeros libros.

- Uno de los primeros libros fue <El tesoro de la juventud> que me lo regaló Blanquita Trigo, la profesora de Declamación. Estos libros, la gente de la tercera edad, lo tienen muy presente porque marcó una generación. Eran libros gigantescos, de colección, que tenían poesías, cuentos, había un sección de inventos y de curiosidades. Las poesías  eran de los grandes clásicos de la poesía universal. Me iba todas las mañanas al Mc Donald´s y transcribía todas las poesías, en cuadernos, que era una forma de fijar, de estudiar y de memorizarlas. Ese fue un camino sin saberlo a la oralidad, a lo que iba a ser mi oficio, mi carrera, mi profesión. Comencé a declamar, a recitar poesías, gauchescas, contemporáneas y poesías en lunfardo, poesías españolas, del romancero gitano. En mi adolescencia después me pelee con la poesía, muchas eran muy tristes y dramáticas, el poeta cuando escribe está en un estado anímico particular y después también eran poesías muy antiguas en las cuales, la que no muere tuberculosa, muere tísica. Empecé a analizar la poesía y me di cuenta de que no era lo que yo quería decir, contar. Porque, muchas eran machistas, las españolas lo eran. Cuando analicé lo que estaba recitando me di cuenta que una de las cosmovisiones que tengo en mi vida es el feminismo y la política.

 

Acercamiento al arte.

- Soy muy afortunado en ese sentido, por la gente que me rodeo, por la gente que estuvo conmigo. Lo más lindo del teatro que después de las funciones, nos quedábamos comiendo en forma colectiva, que eso tiene el teatro. Eso fue muy importante, porque era un niño muy solitario, fue una forma de sentirme acompañado sobre todo en la adolescencia, que es tan difícil. Fue una contención muy grande para mí.

 Cuando me animé a vivir del teatro fue en el profesorado, allí son cuatro años, estudié en el Instituto Nacional de Enseñanza Superior Alicia Moreau de Justo, en el segundo año estaba sacando cuentas que me faltaban dos años más para recibirme, que iba a trabajar como en cuarentas colegios y que me iba a morir de hambre igual. Ese año me anoté en la escuela de Arte Nacional de Arte Dramático, la ENAD, que tuvo varias transformaciones, pasó de IUNA a UNA. Allí estaba rodeado de gente que amaba el teatro.

 

Cuentacuentos.

-Tomé un curso de cuentacuentos con Dora Apo y fue unir dos pasiones: la literatura y el teatro. Juntos en el arte de contar, de narrar oralmente. Fue muy beneficioso porque en aquellos tiempos, más o menos veinte dos años atrás, no existían muchos narradores masculinos, el noventa por ciento de los narradores que había eran mujeres, y algunas muy mayores. Fue muy novedoso que un joven de veinte años este contando cuentos y eso me facilitó mucho en el campo laboral.

Empecé a contar cuentos, el narrador comenzó a desplazar al actor. Después comencé a dar talleres y allí me reencontré con la docencia. Me encanta dar clases de cuentacuentos, de narración oral, lo disfruto tanto como contar cuentos.

 

Graciela Cabal en tu vida de narrador.

- Para mí ella es muy importante, marca un antes y un después en mi vida. Hay personas que pasan por la vida de uno y uno indiscutible ya no vuelve a ser el mismo. Eso pasaba con Cabal.

Yo venía del conservatorio, egresando de la Escuela Nacional de Arte Dramático, con todas las técnicas, todo el bagaje teórico y veo a esta mujer en una feria de libro que se sienta, abre la boca y no mueve un músculo, solamente habla y la gente no puede para de reír, llorar, de emocionarse… Me voló la cabeza y dije <de dónde radica el poder de esta mujer> ¿Cuál es su técnica? Me di cuenta que en ella tenía dos factores muy importantes: uno: era la calidad de los textos que contaba; segundo: lo hacía de forma verdadera, real, era su autobiografía, entonces llegaba con un poder de identificación, con una empatía muy grande ante el público.

Después comencé a viajar con ella. Yo la invitaba a festivales cuando me invitaban. Me pedían que recomendara una narradora, la recomendaba a ella y así compartimos en Chile, Uruguay, Colombia y en muchos otros países. Nos hicimos amigos. Empecé a trabajar los textos de ella para ser contados. En aquel entonces era impensable contar los textos de ella, porque ningún narrador oral se quería meter con los cuentos de la Cabal, porque escuchándola a ella era imposible querer contarlos, porque lo hacía tan bien que evidentemente iba a entrar la comparación.

 Ella me ayudó a preparar los textos, inclusive algunos textos son de género, contados en primera persona femenina, me reescribió esos textos para mí, para poder contarlos desde el punto de vista masculino o incorporar algún marco para poder crear la convención y tomar así la voz del femenino. Fue muy rico ese trabajo, muy interesante ese proceso. Todo esto pasó cuando tenía unos veinte años. Y sigue muy presente porque sigo recurriendo a sus escritos, a su obra, a su material teórico. Me siento muy influenciado por ella. Cuando yo la leía escuchaba su voz y hoy por hoy, mis alumnos cuando leen algo de Graciela me dicen <escucho tu voz>, es un alago muy grande  que ocurra eso.

Estoy presentando un espectáculo llamado “Cabalmente Hablando”, que es un recorrido poco por su obra y si vida.

 

Autores frecuentes en las narraciones.

- En primer lugar tengo a Graciela Beatriz Cabal, pero generalmente trabajo con autores latinoamericanos, como Marco Denevi, Cortázar, Manuel Mujica Laínez, García Márquez, Galeano y Benedetti son infaltable en mi repertorio.

 

A tener en cuenta a la hora de narrar.

- Principalmente el cuento me tiene que gustar muchísimo,

Segundo; es algo que quiero decir yo en ese momento particular de la vida, inconscientemente cuando uno cuenta un cuento, se está contando también. Toma palabras ajenas, palabras prestadas, porque comparte el goce literario, el criterio estético, el mensaje, la mirada del autor, pero también uno quiere decir algo con ese cuento al ser contado.

Cuando uno pone en oralidad el texto literario, el ojo lector se convierte en ojo narrador, y ya buscamos como un objetivo que es el contar, ya no es el placer mismo de leer.

Como dice Roland Barthes: “en toda ficción hay autobiografía y en toda autobiografía hay ficción”.

Cuando estoy narrando me doy cuenta que estoy diciendo algo, exorcizando miedos, poniendo en palabras cosas no dichas, simbolizando, sublimando, identificándome, elaborando emociones, pero esto funciona a nivel inconsciente, no me doy cuenta.

Tienen que ser textos buenos,  de calidad literaria, me preocupo por leer mucho, que sean buenos autores, buenos cuentos, a veces, un buen cuento salva a un narrador inexperto, porque un cuento con una buena estructura te contiene, te sostiene. Tiene que decir algo, tener una encarnadura.

Trato de conservarlo desde la oralidad, esas huellas del autor que tiene en su escritura, esa música en las palabras.

Quique Arriaza

Tengo 24 años, todos me conocen como Quique. Estudiante de lengua y literatura. Profesor de lengua hace dos años. Me apasiona leer, colecciono la revista cultural Ñ, y si visito una librería debo salir con un libro. Los libros son una gran parte de mi vida ya que nací y crecí al lado de una biblioteca. Aún conservo mi primer libro de cuentos. Me preocupa saber que hay libros que no se han leído aún. Me gusta el cine independiente, la fotografía, la natación y apreciar los atardeceres. En relación con las redes sociales soy muy activo, siempre interactúo por esos medios. Me gusta viajar y conocer las culturas, siempre acompañado de música y claro, de libros. ¿Ya dije mi pasión por los libros?

 

 

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