Recuerdos, los libros de papá

 

Desde muy niños en casa nos vimos rodeados de libros, una costumbre de papá era leernos cuentos antes de irnos a dormir y durante el día teníamos la posibilidad de ir a la biblioteca que estaba al lado de casa, ayudar a la bibliotecaria a ordenar o simplemente a leer en silencio.

Entre tantos libros que tengo, hay uno muy particular, fue uno de los primeros que me obsequió papá. Un libro de cuento, pero no cualquier cuento, sino los cuentos del escritor uruguayo, ese escritor que se radicó en la selva misionera, donde a pesar de su vida, a pesar de las penas que lo ahogaban, escribió sus obras, que hoy en día se considera uno de los mayores cuentistas de Latinoamérica de todos los tiempos.

Me refiero a Horacio Quiroga y su prestigiosa obra de “Cuentos de la selva” donde los animales tienen voz, tiene una relación de afecto con los humanos como es el caso del cuento “La tortuga gigante” o el de “La gama ciega”. A medida que leemos nos parece normal las conversaciones que entablan los personajes. Es un mundo paralelo al nuestro. Pero claro, son cuentos dentro de un libro, el cual pertenece a un movimiento literario y así. Pero… la finalidad de leer estos cuentos no es analizarlo y comprender la psicología interna que estos tienen, sino es recrear la mente, despertar la imaginación, dejarse llevar entre las líneas del autor, inventar las voces en los diálogos, y cuánto más se puede hacer.

Como docente me toca leer con mis alumnos estos cuentos, y aunque parezca mentira, cada vez que comenzamos, en mi florece esa sensación que sentí por primera que los leí. Es como que me traslada una vez más al patio de casa, donde los leía en las tardes bajo el sol.

¿Por qué les hablo de todo esto? Por una sola razón, para que todos puedan sentir esa sensación de lectura que nos produce adentro, ese goce estético que tienen las palabras para envolvernos, esa facilidad de viajar y situarnos en el lugar donde suceden los hechos, y ni hablar si pensamos que nosotros somos unos de esos personajes.

Nunca es tarde para leer, todo llega, de a poco, sin apuro, encontrarás en la lectura esa puerta a la imaginación y a las emociones.

Por Enrique Arriaza

 

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