Festival Aurora, bondades de la música y la montaña

 

Un repaso por lo que fue uno de los festivales más particulares del año en Mendoza, de un elevado carácter y variedad de propuestas y actividades interdisciplinares. Las viejas vías del Trasandino, en Cacheuta, fueron la guía para “el despertar de los sentidos”.   


Bajo la amable protección de los árboles y arbustos de los Bosques de Cacheuta –un predio de casi dos hectáreas, en el Km 38 de la RP 82 o Panamericana, a la altura del Hotel & Spa Termas de Cacheuta, Luján de Cuyo – se llevó a cabo el pasado fin de semana –del 6 al 8 de diciembre-, uno de los festivales más particulares e interesantes que viene realizándose desde el 2018, cuando nació como un encuentro entre músicos amigos. Hoy, el Aurora Festival.

El evento está dedicado a las artes, la música en sus diversos géneros, el cine y nuevas tecnologías en la matriz de las artes; todo ello en convivencia con la naturaleza que ofrece el marco de la precordillera mendocina, lugar elegido por el colectivo de artistas para su realización.

Entre los 75 artistas que participaron, provenientes de distintas provincias argentinas y del exterior –como Chile, México, Uruguay, Alemania y Argelia-, la grilla incluía también músicos y artistas de San Rafael: los Djs Adriano Mattioli, y Claudio Reche; la banda Limbo Jazz –integrada por Brenda Rodríguez, Pamela Hübbe, Emanuel Ulloa y Martín Ozán-; y las arquitectas Gretel Freidemberg, Victoria Lucero, y Mariana Bollati y la diseñadora Gimena Rada, que conforman el colectivo de Patio Compartido.

“Aurora viene a descentralizar y romper el concepto de producción. Nos guiamos más bien por el trabajo en equipo, y a eso hace referencia el eslogan de Arte y Música en Unión y Libertad. Somos todos amigos que el año pasado –en octubre de 2018-, hicimos una reunión entre músicos amigos en la montaña. En esa oportunidad vinieron de Córdoba, Alemania y Chile; salió tan bien que decidimos hacerlo nuevamente en diciembre de este año, en formato de festival,  invitando además a otros amigos músicos”.

Dj´s de Argentina y del exterior –como Chile, México, Uruguay, Alemania y Argelia- subieron a los escenarios de Aurora Festival. 

 

Las palabras son de Andy Zaina, uno de los referentes del colectivo organizador, en una entrevista que concedió a Radio U de Mendoza algunos meses atrás, cuando se promocionaba el evento. Aurora Festival no se ha gestado como tantos otros festivales de música, puesto que no es una producción centralizada en un productor, o ejecutivo, “sino un equipo de amigos trabajando para esto”, había detallado Andy.

Por otra parte, la sustentabilidad en los procesos creativos y en la ejecución y resultado, es otro de los ejes fundamentales de quienes participaron en el festival. “Aurora quiere ser más que un encuentro cultural y se propone transmitir y rescatar ideas, valores y acciones que promueven la convivencia armónica entre sus visitantes con el medio ambiente”, difundieron los organizadores. Por eso, fueron varias las propuestas que se llevaron adelante en el predio durante los tres días: la utilización de “ecovasos” –con la idea de no generar sobreproducción de basura-, o los cestos de basura diferenciados, con el fin de reciclar los desperdicios. Como también la utilización de materiales reciclados –como tubos plásticos o de cartón, maderas, palets, entre muchos otros, para decorar y diseñar los escenarios.

Las bases rítmicas de la electrónica, el sonido de las cuerdas del bajo eléctrico, la voz enérgica de algún que otro cantante o el sonido de los instrumentos de viento –todo eso que en la música en vivo suele escucharse a la distancia-, resonaron durante tres días casi sin descanso en los alrededores de Cacheuta –el festival se iniciaba alrededor de las 11 de la mañana, y hasta la madrugada del día siguiente, las consolas no se apagaban-, tal como lo vivió quien suscribe -como cronista de Ojos de Café-, presente durante el festival.

Los tres escenarios –el “Alles Ist Gut”, el “Domades Dharma”, y el “Musick+Arte”,- mas un cuarto espacio de música experimental, donde también hubo proyecciones audiovisuales –el “CIN escenario”-, tenían su propia impronta o estética-musical, y sonaban casi en simultáneo. Desfilaron artistas de tantos estilos y bagajes que el estímulo era caleidoscópico, múltiple y oscilante: de un dúo instrumental a base de batería percutida, teclado y sintetizador, Aurora nos llevaba al progressive, el deephosue, el techno –en la línea de la electrónica-, o a las cuerdas de una guitarra criolla, a la fusión, la música urbana, los sonidos experimentales, o a bandas que incluían un desarrollo performático.  

Rodeados de la cadena montañosa de la precordillera mendocina, en Cacheuta. 

 

A las múltiples ofertas musicales, hay que sumarle un lista de talleres, charlas y otras actividades que se dieron al aire libre: fue el caso de las ofrendas a la `madre tierra´ -que llevaron adelante la Organización de Pueblos Indígena de Mendoza, Martina Chapanay y Jacinto Huaman y Pampamisayoq de la Nación Q´ero Perú-. Otras experiencias, parte de las actividades programadas, fueron: la “Sagrada Ceremonia Ancestral en conexión con el Fuego”, experiencia sonora combinaba con ritmos electro-andinos; “Sahumo” o aromas de limpieza; entre los talleres más destacados, pueden citarse el del expresión y percusión corporal; yoga deportivo; acro-yoga; técnica aérea y movimiento creativo; respiración consciente y armonización sonora; entre muchos otros.

En el predio del festival –al que se ingresaba tras recorrer unos 100 metros de vías ferroviarias en desuso, por donde alguna vez transitó el Ferrocarril Trasandino Argentino-Chileno que unía Mendoza con la ciudad de Los Andes, en Valparaíso-, hubo mucho más que cuatro escenarios y espacios para charlas y talleres. Un buen número de instalaciones artísticas ubicadas entre la arboleda del lugar, jugaban en sintonía y sinergia con la música en vivo, y daban al lugar un aire de museo a cielo abierto.  

Se destacaron entre esas instalaciones: el “Cuarto de los Secretos”, una estructura en madera y metal en forma piramidal, en la que en el centro se ubicaba una pequeña tarima donde el espectador podía sentarse y escribir en un papel algún secreto suyo o ajeno que se le ocurriese, con intenciones esotéricas de desprenderse de aquel. Luego, el papel ya escrito, debía dejarse enrollado y dentro de alguno de los orificios abiertos en pequeños bloques de madera que colgaban dentro de la estructura. Una vez “ofrecido” el propio, ya el espectador estaba en condiciones de llevarse -al azar- alguno de los tantos papelitos escritos que habían dejado otras personas, con sus secretos. Y allí acontecía la sorpresa, la desazón, el enigma o el problema: “¿porqué habría de tocarme a mí éste secreto?”. No faltó quien se hiciera esa pregunta.

El festival se iniciaba alrededor de las 11 de la mañana, y hasta la madrugada del día siguiente, las consolas no se apagaban.

 

También se destacó la intervención artística del colectivo de mujeres de Patio Compartido, de San Rafael: una estructura realizada con materiales en desuso, inspirada en el juego de “jenga” y que proponía representar las estructuras mentales que los habitantes de una sociedad tienen –la nuestra-, acerca de la actividad o el oficio de la construcción, el rol de las mujeres en dicha actividad, y otros espacios que los habitantes de una ciudad ocupan en su sociedad.

Como las piezas eran movibles, el espectador tenía la oportunidad de quitarlas y reubicarlas, permitiéndose de este modo crear espacios y escenarios diferentes a la precedente. Algunas de las piezas, mostraban en su interior “escenas en miniatura”, de fenómenos de la sociedad moderna: algunas se relacionaban con la idea de la organización de tipo panóptica, otras al hacinamiento y los hábitat actuales, creados en base a modelos o tipologías en serie.

Además, llamó la atención una de las instalaciones de mayor tamaño montadas en el Aurora: una estructura en hierro y madera en forma de “diamante”, que rotaba sobre un eje central y en la que durante las noches de festival, los organizadores encendían una fogata en su interior, generándose así un juego incesante de contraluces y sombras provocados por el destello del fuego.

El taller de acroyoga, mientras la música sonaba en el bosquecillo, con la guía amable de un grupo dedicado a la actividad.

 

En cuanto a las bandas, pasaron grupos emergentes de enorme presente y proyección como Gauchito Club, Padawvn & Ussi, Spaghetti Western, Eve Calleti y Brassass, entre otros. En la vereda de la electrónica, figuras internacionales de la talla de Dave Dinger, Simon Sheen y Nomad, tres de las grandes animadoras de la actual escena electrónica a nivel mundial. También fueron de la partida Ale Castro, Vale Volpe y los locales Choi´Q y Rüstico, entre los más destacados.

Y a pesar que la asistencia de público estuvo por debajo de lo esperado –dicho por comerciantes y lugareños, acostumbrados al movimiento turístico que generan los baños termales-, y en vista del despliegue en torno a la organización, el hecho no quitó la entrega y el espíritu festivo de Djs, bandas, artistas y organizadores que no necesitó de la masividad para manifestarse en Unión y Libertad.

 

 

 

 

Galería: 

 

 

 

 

 

Por Agustín Mauricio/Ojos de Café // Fotos: @domingoagustin/Ojos de Café

 

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