Ana Gjukan: un desayuno entre pensamientos, recuerdos y palabras

 

La fría mañana de San Rafael, obliga los ropajes pesados. Una jornada con el cielo gris y la expectativa de conversar con alguien, que dedicó su vida a enseñar con la palabra.

Pasadas las diez y bajo su presencia, la de una mujer con la nobleza de la experiencia, Ana Gjukan llega a Casa Alvear para desayunar junto a sus historias, pasiones y sueños despiertos.

 

 

Café, agua y una vida de novela son los condimentos ideales para despertar el alma. Ella fue locutora por 50 años, pero hablar de política, de familia, de trabajo o de ocio con Ana, es una invitación a conocer el punto de vista de una persona que ha sabido adaptarse siempre a las circunstancias. Hoy jubilada, reconoce que “la misma sociedad te debilita más cuando dejás la edad productiva. Mi mamá siempre me dijo: cuando estás haciendo algo, tenés que ser la mejor, pero no por la competencia, sino por vos misma. Si salgo a barrer veredas, entonces esas tienen que ser las mejores, las más limpias, eso es calidad, no importa desde que punto”.

“Yo que vengo de la vieja escuela, si digo en que año me egresé se mueren, y se aprendía más o menos lo mismo, la tierra está en el mismo lugar, todo se mantiene, si bien va cambiando la historia a medida que pasan los años, los conceptos se mantienen, pero lo que sí cambió es que se enseñaba a escribir bien en primaria. Hoy en día no se escribe bien, y estar frente a un micrófono también significa hablar bien, con consistencia, con pronunciación. Si escribía mal una palabra, como tarea lo tenía que escribir 100 veces. Y hoy dicen ¡Uh, eso es un castigo!... bueno, gracias que me castigaron, porque así aprendes a escribir, ni hablar si sumamos leer un libro por mes, porque hoy en día se cae internet y se cae todo, que tengo para decir sino tengo internet, ¿de dónde saco una historia?, de lo que leía alguna vez”. Porque más allá de conceptos teóricos, aprender a enseñar lo básico, también es un enorme mérito. Y ella fue docente, claro.

 

 

La tolerancia cómo estandarte

La política también ha sido un trabajo en la vida de Ana Gjukan, ya que fue concejal en Malargüe y recuerda de aquellas épocas algunas anécdotas respecto al pago: “Hoy se eligen los sueldos los funcionarios, pero en aquellos momentos, solo si había un aumento en la Provincia para los inspectores de la municipalidad, entonces también lo había para nosotros. Realmente trabajábamos mucho y nos preocupábamos por la gente”.

“No creo que sea la política la que genera discusiones, sino son los criterios. Ni siquiera las ideologías, porque estas son puras. Si alguien plantea una idea desde la pureza de la idea, uno tiene que convenir que no hay por donde atacarla, pero cada uno interpreta las ideologías, está en cada uno el derecho de hacerlo, pero ¿dónde nos va mal?, en que sino pensás como yo, sos enemigo, no importa el color político de turno, los que no piensan igual siguen siendo los otros, y esto pasaba hace unos años y ahora también”.

Y ante la pregunta ¿Cómo se hace para cambiar esto? “No lo sé, pero se lo que las madres y padres deben enseñar desde jóvenes, el respeto por el otro, por el otro como es”, dejó cómo frase.

 

 

Los días pasaban, pero la voz se mantenía. No sólo en el tono, sino en el aprendizaje. ¿Para qué estar frente a un micrófono? “El concepto que se ha corrido entre los jóvenes, es que ser locutor te da chapa. Pero eso es desde el ego. ¿Por qué nadie se puso a pensar para que estoy delante de un micrófono? ¿Qué voy a decir? Si cada tres palabras metías un “boludo” y nadie te retaba, tal vez parecía que eso estaba bien y lo seguías haciendo. Es como la vida, sino te enseñan a andar en bicicleta, no sabes si lo estás haciendo realmente bien. Por eso con los chicos reflexionaba en voz alta para enseñarles esas cosas. ¿Quién improvisa?, ¿qué es improvisar?… Un joven me dijo hablar macanas, pero si yo quiero improvisar algo de música en una batería, no puedo, porque improvisa el que sabe. Si uno lee, como hicimos en aquellas épocas que llegabas a la radio arrastrando dos bolsos de libros, podías hablar aunque se te rompieran los libros”.

Lo dijimos, es una mujer que sabe adaptarse. Y lo hace con las redes sociales. “como ahora la vida nos corre, hacemos economía de palabras y de letras, pero mientras se entienda vamos. Capaz que dentro de algunos años esa será la forma de escribir, uno nunca sabe. Pero mientras tengamos la oportunidad de usar bien el idioma, porque no hacerlo” y Ana lo hizo, en la máquina que había que patear para que ande, en la primera máquina de escribir eléctrica, cómo también paso del disco de pasta y los casete, hasta aprender sobre las “nubes” en una computadora. Pero el secreto de los libros siempre tira a quienes supieron buscarlo… "Internet no es solo lo que debería nutrirnos”, cierra la reflexión.

 

 

En la astucia del realismo y la nostalgia de las palabras

“Ahora somos hijos de los números, de las estadísticas, cuando te importa más eso que quienes forman las estadísticas, es complicado. Porque a través de las estadísticas es la mejor manera de dibujar una realidad”.

“Soy de una generación donde había que respetar el mandato social, cosa que en la generación que viven ahora, no le dan importancia y está bien, el hecho de tener que cumplir mandatos sociales, o romperlos, era muy difícil. Yo cumplí, y en el cumplir te vas creando obligaciones que te van agarrando. Por eso a gente joven que conozco, le digo que no esperen a cumplir lo que se espera de ustedes, porque pasa el tiempo y todo es más difícil, para mi planear un viaje ahora me resulta 50 veces más difícil, ¡por qué no hacerlo cuando uno es joven!, para que ahorrar para el auto, por qué no hacerlo para viajar si después hay 30 años más para el auto. ¿Qué es lo urgente y qué es lo necesario? Incluso se puede andar en bondi”, de la forma en que “Lita” lo hizo para llegar a la nota.

“Cuando viajas conoces otra cultura, otra personas, otra historia, afuera o en la misma Argentina, vayan a conocerla. Hay que estar en contacto con otra realidad”.

 

 

Fueron cerca de 40 minutos, entre el café y recuerdos.

Ana Gjukan desayunó con nosotros. Nos volveremos a encontrar en el próximo desayuno de Ojos de Café en Casa Alvear.

“Yo viaje mucho con la imaginación, pero poder hacerlo, es un sueño”, fin de la nota, se apagó el grabador.

 

Por Martín Falcone

Fotos Ramiro Rivas

 

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